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El jugador de Juventus Giorgio Chiellini (i) celebra un gol ante Lionel Messi (d) de Barcelona, martes 11 de abril de 2017, durante el juego de ida de los cuartos de final de la Liga de Campeones que se disputa en el estadio Juventus de Turín, Italia. EFE

Martín Onti: Y llegó el martes…

MADRID, España.- No porque lo hubiésemos anticipado, pero, esto que le sucedió al Barcelona de Luis Enrique Martínez en Turín ante la Juventus, era de esperar. El Barça, un equipo sumido en esa incapacidad mental que conduce inexorablemente a la depresión anímica y a la desazón futbolística, regresa a la Ciudad Condal con otra derrota categórica que obliga a seguir creyendo en los milagros.
 
 
En estos parámetros de tristeza de juego contagiosa, se fue ungiendo el denominador común de los azulgrana en la capital del Piemonte. Su entrenador –perdón, pero ya no me animo a llamarle estratega y dudo cuando le menciono como técnico- divagó en esos sueños más mezcla de caprichos sin fundamentos tácticos que de propuesta de fútbol con la razón de por medio.
 
 
Una formación que sólo cabría justificarla desde la arbitrariedad fantasiosa de Luis Enrique, no pudo en ningún momento del encuentro ser protagonista del mismo. Una defensa descompensada desde la ubicación de Jeremy Mathieu sobre la zona izquierda del conjunto culé, significó más un peso desequilibrante en contra, que un aporte sumatorio a la lógica del objetivo triunfal. Y a partir de allí se derrumbó la autoestima y el orgullo azulgrana fue el acto seguido.
 
 
En la defensa blaugrana, Piqué se convirtió en estatua de sal; Umtiti volvió a la desconfianza; Sergio Roberto navegó en tierra de nadie; y Javier Mascherano pedía perdón por ser castigado como volante de contención sin brújula organizativa y alejado de su zona de confort. Hasta que llegó la segunda parte, y la entrada del portugués André Gomes fue para más escándalo aún.
 
 
La pobre gestión del mediocampo catalán sirvió para darle tranquilidad a los hombres de Massimiliano Allegri. Allí Iniesta, en soledad, se anquilosó en su ineficacia creativa; Rakitic inoperante si no le enseñan apropiadamente el camino de buen acompañante; Messi estuvo enojado consigo mismo; Suárez jugando a lo que le tiraran; y Neymar todavía recogiendo los vestigios de su alma deambulando todavía en La Rosaleda de Málaga.
 
 
Este fue el Barcelona de ida en cuartos de final de Champions League que se presentó en Italia, una escuadra huérfana de espíritu de juego y entregada a la pobreza anímica que ya presagiábamos.
 
 
Este miércoles será el turno de los otros dos candidatos españoles en Europa. En Múnich y en Madrid, merengues y colchoneros tendrán sus compromisos de ida ante el Bayern de Ancelotti y el Leicester de Shakespeare… y espero que, por lo menos, no dejen magullado el honor español que hoy el Barça se encargó de desfigurar nuevamente ante la Vecchia Signora.
 

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