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Martín Onti: Sueños truncados desde la arena del Puskás

El fútbol es capaz de muchas cosas. De provocar variados sentimientos e invitar al más cuestionado de los debates; de justificar acontecimientos desde la relatividad que lo encierra como espectáculo lúdico, y de albergar los más disímiles puntos de vista en el análisis de los prolegómenos, del juego en sí, y de un resultado que, aunque definido por un marcador final, siempre termina regresando a la vida después de la muerte.

El fútbol es ficción y al mismo tiempo, también es realidad. Nada se da por terminado en la ficción que propone el juego, ni aún con las estadísticas como credo religioso que vaticina la lógica de una realidad. El sentimiento y la pasión desbordan lo palpable. Lo que se justifica desde números, en teoría inmutables, debe primero aceptarse como absoluto para convertirse en una verdad inalterable.

De una y otra forma, la Supercopa de Europa jugada en Hungría admite tanto una teoría como la otra. El Bayern de Múnich fue dueño de la fuerza, de la técnica, de los movimientos de control del juego y del vaticinio general. El Sevilla sólo dispuso de sus sueños, del coraje, del respeto al buen uso de la táctica, y de la alerta constante que sabían iban a necesitar para sorprender a los germanos.

Proyectar en fútbol se relaciona con los hechos que pueden ocurrir, eso es verdad. Pero, es indiscutible que vislumbrar disímiles alternativas en este deporte no es una utopía. Julen Lopetegui sabía exactamente dónde estaba parado el equipo andaluz y actuó en consecuencia. Salió en desventaja futbolística pero, en igualdad moral, y esa fue la más preciada y eficiente de sus opciones.

Si el plan de Hansi Flick no mostraba fisuras, es decir, si en modo apisonadora los muniqueses respetaban su esquema de juego como lo venían haciendo últimamente, no habría sorpresas en Budapest, otra que averiguar, con el paso del tiempo, si el ingreso de unos 16 mil espectadores al Puskás Arena derivará en consecuencias catastróficas a mano de la Covid-19.

Y así fue como la realidad terminó imponiéndose a la ilusión. El mejor equipo de Europa es el Bayern de Múnich. Sin embargo, en las calles de la capital andaluza se seguirá discutiendo por un buen tiempo sobre si esa carrera de Jesús Navas cuando expiraba el partido, con pase servido para la definición de Youssef En-Nesyri, hubiese concluido en gol en lugar de haber encontrado el pie salvador de Manuel Neuer a disparo del atacante marroquí… Sólo por un mísero par de centímetros el sueño del Sevilla FC quedó truncado en la Arena del Puskás.

Martín Onti

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