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Martín Onti: Nocaut en el primer asalto

MADRID, España.- Como en una justa boxística, el combate terminó de repente con un nocaut a los 2 minutos del combate. El Liverpool sentenció al principio mismo de la contienda y el resto, inclusive el gol del belga Divock Origi sobre el final, estuvo de más para ser contado en defensa del fútbol. Fue tanto el pensamiento que se le dedicó a la idea, que el resultado llegó como producto del agotamiento mental.
 
No podemos elogiar el nivel futbolístico de este Liverpool-Tottenham, como tampoco destacar la acostumbrada intensidad del fútbol inglés que preveíamos podría ser protagonista esta noche; menos aún la intención mental cercenada a lo largo de tres largas y tediosas semanas para la disputa de este partido final, tras disputar, desde entonces, los últimos compromisos de ambos finalistas antes de llegar a este juego histórico en el Wanda Metropolitano.
 
Nada de lo previsto, otra que tener en cuenta la particular distancia temporal desde los últimos juegos a este partido crucial, debe ser analizado para entender el trámite de esta finalísima en Madrid. El penal convertido en el inicio, a los 2 minutos, por Mohamed Salah, fue el principio y el final de esta historia que le permite al conjunto del germano Jürgen Klopp sumar su sexta Copa de Europa.
 
Decíamos justamente en el artículo previo de ayer, titulado la ‘Gran Final’, que esto podía suceder. Cuando un partido se juega tanto tiempo en la cabeza de los protagonistas, la confusión campa a sus anchas en el pensamiento de quienes deciden en los momentos límites, y nunca se puede ser categórico desde los argumentos mentales a concretar contra los fantasmas desconocidos de enfrente.
 
El partido que le permite engrandecer su gloria al Liverpool, nació y murió pronto desde lo futbolístico. El resto del cotejo sólo multiplicó la angustia de un argumento sin mucha solidez desde lo técnico, con un aporte táctico demasiado acotado y sin esa estrategia urdida y perdida a partir de la mano dentro del área que el esloveno Dimar Scomina le cobró al francés Moussa Sissoko y que concretó el egipcio Salah.
 
Allí acabó el partido. Los apuros fueron devorando a la estrategia y la táctica pasó a ser nada más que una charla desvanecida a través de tantos días en el planteo de un partido archivado en el olvido de las urgencias. De nada sirvieron esos 20 minutos postreros en que daba la impresión de que el partido volvía a tener la lógica de un encuentro de fútbol normal.
 
Ganó Jürgen Klopp su primer Champions League. Perdió Mauricio Pochettino su primera afrenta importante con un equipo de acceso circunstancial y fortuito a esta fase. El Liverpool es el campeón porque acertó a mantenerse en una cuerda floja que hace un año le había desplomado sobre esa ilusión que esta vez se tomó mucho más en serio.
 

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