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El argentino del Barcelona Leo Messi y el brasileño Neymar Da Silva celebran el pase a los cuartos de final de la Liga de Campeones tras vencer por 6-1 al París Saint-Germain en el encuentro de vuelta de octavos de final en el Camp Nou, en Barcelona. EFE

Martín Onti: El cristal con que se mira

MADRID, España.- Si tuviésemos que renegar de las discusiones en el fútbol, éste, no sería lo que es. Un juego que vive el antes, el durante, y el después de un partido como si fuese todo una misma cosa. Entendiéndolo así, debo preguntarme el por qué tendría que ser este triunfo del Barcelona, inigualable por ahora en la historia de este deporte, la excepción a la regla, la obligación a guardar silencio cuando lo que gritan las tripas de propios y extraños es opinar abiertamente sobre la increíble victoria azulgrana o la imperdonable derrota del Paris Saint-Germain, según el cristal con que se mire y árbitro mediante si se quiere, sí, ¿por qué no?
 
 
Tras el partido, me he cuestionado dónde pararme, en qué plano imparcial situarme para expresar mi punto de vista -desprovisto de camiseta partidaria- y analizar lo sucedido en esa irrepetible noche del Camp Nou. Expresarme sin herir a nadie con mi opinión y, dependiendo de quien la lea, ser fiel a mi forma de entender no solamente el fútbol, sino también la vida… porque anoche hubo más de esto último que de lo anterior.
 
 
En un artículo ni bien concluido el partido, hablé de una doble resurrección, aquella que tuvo que sobrellevar el Barça antes del encuentro, y la posterior al gol del uruguayo Edinson Cavani hasta la llegada del milagro. El mundo azulgrana dentro del rectángulo de juego pasó por momentos cruciales, donde lo futbolístico fue arrasado por lo mental. No se privilegió a la pelota sino a la cabeza y al corazón. Pensar lo contrario sería un craso error en esta situación muy particular.
 
 
Anoche no hubo ‘fútbol’ en el barrio de Las Corts catalanas, sólo espíritu de lucha, entrega física y mental, y en ese contexto sí corresponde hablar sobre lo que ocurrió. Allí sólo los fuertes de alma triunfaron, por eso sobresalieron los forjados de carácter en el conjunto de Luis Enrique. Ganaron los que se dejaron la piel sobre el césped porque arriesgaron más allá del límite permisible a cambio de la gloria.
 
 
En ese paisaje verde del Camp Nou, y ciego más allá de las líneas blancas que encierran el rectángulo culé, Mascherano y Neymar condujeron desde sus testosteronas al resto de compañeros, incluido a Messi, que no entendieron sino hasta en los últimos ocho minutos de juego, que ese era el único camino a desandar en búsqueda de la inmortalidad conquistada.
 

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