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Martín Onti: Extrañar la normalidad

MADRID, España.- A tenor de quién es hoy y en vista de su participación en el Mutua Madrid Open, le preguntaban al tenista suizo Roger Federer si tuviese, hipotéticamente, la posibilidad de ser otra persona aunque sea por 24 horas solamente, en quién elegiría transformarse, y este respondía que en una persona corriente, normal, con las obligaciones de alguien que tiene que ir a trabajar cada día y que cuando termina sus tareas, vuelve a su casa, a su familia, a sus amigos, e inclusive darse el lujo de ir a tomarse unas copas de vez en cuando, simplemente ser uno más de los que camina mezclado con la gente.
 
Pues ese pensamiento está también en la vida de los famosos que sacrifican sus propias existencias a favor de que nosotros disfrutemos con lo que mejor saben hacer ellos. No solamente Federer entra en esta categoría, aunque traiga aquí a colación una respuesta suya acerca del tópico en cuestión, sino también muchos otros protagonistas del deporte, que inclusive muy por debajo del nivel económico del tenista suizo, viven atrapados en una burbuja creada con otros propósitos.
 
Habla también el campeón suizo de sus contenciones sentimentales, del más cercano grupo familiar que está siempre con él, incluso en sus cuantiosos viajes a través del circuito donde compite; de su segunda familia que son los otros tenistas; del público de cada torneo, de cada ciudad, de los seguidores, hasta del periodismo que le asiste; todo está ensamblado como si fuese una gran familia con órdenes de pretendidos parentescos establecidos.
 
Menciona además, y con un dejo de cierta melancolía, el tema del retiro. Es allí donde deja entrever parte de una irrealidad. El deportista de élite no se da de baja cuando a ellos se les ocurre, sino cuando las circunstancias se lo permiten. Y me refiero en este apartado a los intereses que sustentan su ego o las condicionantes físicas que comienzan a abandonarles.
 
Si tuviésemos la capacidad de observar a vuelo de pájaro las vidas de estos ‘elegidos’, y escuchando a Federer, no cabría posibilidad alguna para un simple mortal de sentirse frustrado, a menos que la elección pase por la vanidad de la fama, la satisfacción personal de sobresalir deportivamente en su vida y la resultante de convertirse en todo un acaudalado a cambio de lo que es, al fin y al cabo, una manera de esclavitud humanizada… ‘humanitaria’ le llamarían dadivosamente los emprendedores lucrativos.
 
Los de este lado, o los del otro lado dependiendo de dónde se pare uno en primera persona, vemos el escenario desde un punto insondable en cuerpo y alma, desde esa normalidad que para ellos es lejana, casi intangible, tan fantasiosa como para tener que vivir una vida que sólo algunos recuerdan de niños, algo así como una normalidad que extrañan, esa normalidad que, les han contado, existe en este mundo.
 

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