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Diego Fagúndez: El crack que Uruguay le sacó a Estados Unidos

MALDONADO, Uruguay. - Diego Fagúndez sintió ganas de llorar, pero se esforzó para contener las lágrimas: no quería que sus rivales de la selección de Colombia lo vieran llorando. Con la camiseta de Uruguay en el pecho por primera vez en un partido oficial, en la jornada inaugural del Sudamericano Sub20, Fagúndez se emocionó al recordar a sus padres. Ellos, que jamás se pierden un partido, esa noche tan especial no pudieron estar ahí. Estaban en su casa en Massachusetts, a 8.700 kilómetros, mirando el partido en una pantalla junto a dos perros vestidos con los colores de Uruguay.
 
Los Fagúndez son uruguayos, pero viven desde hace 15 años en Estados Unidos, adonde emigraron buscando mejores oportunidades. Diego es goleador el New England Revolution, actual subcampeón de la liga estadounidense. Es famoso y reconocido. Tiene dos decenas de goles convertidos en primera división. Pero, como ocurre con miles de migrantes latinoamericanos, sus padres no tienen los papeles de ciudadanía o residencia legal. Por eso no pudieron viajar a ver el debut de su hijo con la camiseta Celeste. Diego juntó fuerzas y se aguantó las lágrimas. Esa noche, Uruguay venció 1 a 0 a Colombia.
 
"Mi padre se fue a Estados Unidos en el 2000, en busca de un mejor futuro para su familia", contó Diego a la Associated Press. "A los pocos meses, mi madre, mi hermana y nos fuimos con él. Yo solo tenía 5 años. Mi di cuenta que algo había cambiado cuando descubrí que ya no podía ver a mis abuelos y tíos".
 
Washington Fagúndez, el padre de Diego, era golero en Uruguay. Llegó a jugar en primera división en Central Español, un club humilde de Montevideo. Al llegar a Estados Unidos buscó ser contratado como arquero profesional, pero no tuvo suerte. "Se tuvo que poner a trabajar como pintor", recuerda Diego.
 
Los Fagúndez se radicaron en Massachusetts. Llevan 14 años viviendo allí. Diego comenzó a jugar al fútbol infantil apenas llegó, siempre como atacante, aprovechando su velocidad, su capacidad para enganchar, eludir rivales y hacer goles. "Es rapidísimo, con mucha técnica y unos enganches muy difíciles para los zagueros", cuenta Mauricio Lemos, defensa de la selección Sub20 de Uruguay, quien muchas veces debe marcarlo en los entrenamientos.
 
Los goles de Diego en los campeonatos infantiles de Massachusetts hicieron que le ofrecieran incorporarse al New England Revolution. A los 12 años fue llamado a una selección sub14 de Estados Unidos. A los 15 ya era profesional.
 
Sin embargo, existía una frustración: había tenido que dejar la selección de Estados Unidos.
 
"Llegó un momento en que me dijeron que no podía seguir más, porque no era ciudadano, ni residente, no tenía ningún tipo de papeles. Y quedé afuera. Pasaron muchos años, tantos años, y la situación no cambió. Yo estaba cansado de esperar por Estados Unidos. Un día le dije a mi padre: ahora tengo que jugármela para ver si me llama Uruguay. Seguí jugando bien, siempre tratando de hacer goles, y cuando tenía 17 me llamaron para integrar la preselección sub 20 pasada. Jugué dos amistosos pero no quedé en el plantel final. Pero me mentalicé: todavía era joven, tenía que insistir. Fabián Coito me dio la oportunidad y no la dejé pasar".
 
Coito es el director técnico de la actual sub20 uruguaya. En sus épocas de futbolista fue compañero del padre de Diego en Central Español y dice que siempre siguió con atención su carrera en Estados Unidos. "Habilita bien, tiene buena visión de juego y un gran dominio de la pelota", dijo a la Associated Press. Para Coito, Fagúndez es una joya exótica y rara: "Es un jugador formado en otro fútbol y por eso maneja aspectos del juego que a veces cuesta encontrar en los futbolistas uruguayos. Tiene la permanente intención de asociarse, de jugar corto, de repetir pases a los efectos para progresar en el campo. Es algo distinto a nuestro estilo. Nosotros somos muy verticales, muy rápidamente ponemos la pelota en la zona de ataque. Eso es una gran diferencia y una virtud de Diego que nos interesó siempre. Eso lo trajo al torneo como titular".
 
Pero la adaptación tuvo sus bemoles.
 
Fagúndez viene de otra cultura y se nota. Habla bien español, pero prefiere escribir en inglés. Su compañero de la selección Gastón Faber contó a AP que el día del debut todos pasaron los minutos previos al encuentro cantando a viva voz canciones de plena, un ritmo tropical popular entre los jóvenes uruguayos. Fagúndez, en cambio, se recluyó ensimismado, escuchando rap.
 
Como a tantos estadounidenses, Diego adora el hockey sobre hielo: "Soy fanático, me encanta mirarlo, es un deporte violento, van al choque todo el tiempo, se pelean, y el público lo vive con mucha pasión". En Uruguay es un deporte ignorado.
 
Diego dice que sus compañeros lo han tratado como a un hermano. "La adaptación fue muy linda, este equipo te lleva como una familia. Estamos todos representando la misma camiseta, los mismos colores, peleamos por los puestos pero somos muy unidos".
 
Pero el mayor esfuerzo de adaptación para Diego no está en lo cultural ni en la relación con sus compañeros, sino en el campo de juego. "El fútbol de Sudamérica es diferente al de Estados Unidos, no solo en los compañeros, sino también en los rivales", dijo Coito. "Diego tiene que adaptarse a ese estilo, los espacios son muy reducidos y juega mucho la fricción".
 
En un Sudamericano los partidos son batallas que se pelean con dientes apretados. Diego no rehúye el desafío, pero a él le gusta disfrutar en la cancha y jugar con una sonrisa. "Yo siempre estoy sonriendo, y si no sonrío no puedo ser el mismo jugador. Aquí el estilo es diferente y hay que adaptarse. Acá se ve mucho la pelota por el aire y el choque. Allá hay que correr y correr, y la pelota va por el piso. Pero me estoy adaptando".
 
Pese a estos ajustes, Coito sostiene que Uruguay no puede dejar escapar a Fagúndez. "Es un jugador de gran futuro, que puede llegar a la selección mayor. Uruguay tiene que agotar los esfuerzos para contar con él".
 
Diego no tiene reproches hacia Estados Unidos. "No puedo decir nada malo: mi familia está bien y tenemos todo lo que necesitamos para vivir bien. Solo que a veces uno siente un poco de tristeza porque mis padres no puedan viajar. Lo mismo le pasa a muchas familias. Ojalá sea algo que se arregle pronto".
 
Pero, aunque no hay reproches, sostiene que los tiempos de aguardar por la selección estadounidense se agotaron. "Ahora ya no quiero jugar con Estados Unidos. Estoy muy feliz con este equipo de Uruguay y creo que podemos llegar a un nivel muy alto".
 
Como sus perros en Massachusetts, Diego luce ahora los colores de Uruguay, pero para siempre. Hace siete meses se tatuó en su brazo derecho una enorme y flameante bandera uruguaya. "Mi sueño es jugar los Panamericanos, los Juegos Olímpicos y el Mundial con esta selección".

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