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Los retos del atletismo y el dopaje

 
MIAMI, Estados Unidos.- Hace un par de semanas el periódico inglés Sunday Times y la cadena de televisión alemana ARD publicaron una investigación conjunta donde informaban los resultados de 12 mil análisis de sangre correspondientes a cinco mil deportistas, todos de atletismo, realizados entre 2001 y 2012.
 
Dos expertos aseguraron que unas 800 de esas pruebas arrojaron fuertes indicios de dopaje o como mínimo, niveles anormales. Diez atletas que ganaron medallas en carreras de fondo en los Juegos Olímpicos de Londres y el 80% de los medallistas rusos cayeron en la sospecha. Ni la IAAF ni el COI sancionaron a nadie.
 
 
El campeonato mundial de atletismo arranca este sábado y se teme que esta historia alcance el mismo nivel de insulto que el ciclismo nos dejó hace ya unos años.
 
Los agentes dopantes más comunes en la actualidad son hormonas como la testosterona, la propia hormona de crecimiento y la eritropoyetina, responsable del aumento de los niveles de glóbulos rojos en la sangre y por lo tanto, causante además de un mayor transporte de oxígeno en las células y el consiguiente retraso en la aparición de la fatiga.
 
Como el margen para ganar una carrera, por ejemplo, de cien metros, es apenas imperceptible, cualquier ‘ayuda’ cuenta. Por eso los deportistas han aprendido a caminar en la cuerda floja sin caerse, tomando pequeñas dosis que no son consideradas positivas en los controles.
 
 
Por ejemplo, el caso de la testosterona es bien significativo. En el organismo existen dos variantes de esta hormona, la testosterona como tal y otro análogo, la epitestosterona. Normalmente ambas se encuentran en cantidades similares, -1/1-, pero cuando se administra testosterona exógena la relación entre ambas se dispara y ese es el valor que las autoridades antidopaje utilizan para capturar a un tramposo. 
 
Como no todos los organismos son iguales, las variaciones naturales pueden existir y tienen que tomarse en cuenta. Por eso el límite considerado aceptable se desplaza a 4:1, lo cual le permite a los atletas consumir pequeñas cantidades sin sobrepasarlo. Esa ‘ayuda’ puede significar un mejor lugar en una competencia de élite.
 
En este detalle reside la importancia de realizar controles en cualquier momento de la temporada, dentro y fuera de las competencias y, sobre todo, sin previo aviso.
 
El pasaporte biológico también ha colaborado a establecer perfiles sanguíneos que permiten detectar anomalías con mayor facilidad. Todos los resultados de los análisis de sangre se archivan en una base de datos y se construye un perfil de cada atleta. Aun cuando un control específico no arroje un valor considerado dopaje, puede sugerir que está ocurriendo un cambio en la tendencia fisiológica de un deportista.
 
Se están introduciendo además nuevas técnicas de análisis, pero algunas de ellas son realmente costosas, como la que mide la relación de los isótopos del carbono, y sólo se utilizan para re-controlar un valor inicialmente alto en la relación testosterona/epitestosterona.
 
Así se capturó a Justin Gatlin, quien no arrojó un valor superior a 4:1, pero en cuya sangre sí se comprobó la presencia de testosterona exógena.
 
 
Aunque el panorama es complicado, existen esperanzas. El ciclismo nos enseñó, aunque después de haber alcanzado un nivel aberrante de dopaje, que un atletismo limpio es posible. Casi limpio.
 
Cada día las autoridades antidopaje recopilan más información para el pasaporte biológico y pueden detectar más fácilmente cuando algún atleta está manipulando su organismo. Nuevos marcadores biológicos empleados en la detección están siendo descubiertos y cada vez se realizan más controles.
 
Pero siempre hay un pero. Como mismo los ‘policías del dopaje’ aumentan sus esfuerzos, quienes se encuentran detrás de los tramposos también perfeccionan su ingeniería dopante. De momento todavía parece un poco lejano el poder detectar a todo atleta que, aunque en muy pequeñas dosis, acuda a sustancias estimulantes.
 
Este artículo contiene información publicada en el sitio web www.propublica.org de los autores David Epstein y Michael J. Joyner.
 
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