Martin Onti: Tiempo de otra clase de análisis

Las pretemporadas no tienen que ser juzgada desde una perspectiva futbolística sino hasta ya casi entrada la competición oficial. Hablar sobre la goleada del Atlético al Numancia, de la estrepitosa caída del Real Madrid ante el Bayern de Múnich, o de lo que proyectan otros equipos en esta etapa preparatoria, tiene su relativa validez. No nos engañemos.
 
Sin embargo, sirve este tiempo de puesta a punto para juzgar actitudes y entender reflexiones que se van dejando en claro, y en paralelo, al fútbol en sí. Entendemos muy bien que lo que se deja ver, por ahora, no es otra cosa que el resultado de la resistencia y el esfuerzo de un trabajo físico necesario que pasa factura a las piernas en estado de preparación, algo que no se debería relacionar estrictamente con lo que ocurrirá con esos mismos hombres durante el transcurso de la temporada en sí.
 
De poco servirán estos encuentros amistosos si no se los toma con la liviandad que la situación amerita, repito, esto sólo desde lo futbolístico. Ahora, en cuanto a lo que el entorno de cualquier institución trasluce desde las actitudes, sí que se permitiría un juicio focalizado en los actos, dichos y hechos que se mueven alrededor.
 
Unos más que otros protegen sus pruritos hasta que las condiciones se transforman en extremas, hasta ese punto en donde cada uno de ellos lo pueda controlar, y aquí es donde Zinedine Zidane ha ido perdiendo su, en apariencia, solemne postura.
 
"Nunca segundas partes fueron buenas" reza el dicho popular, y en esto puede que el técnico francés del Real Madrid deba hacer una nueva puesta a punto en su regreso forzado a un equipo de manos vacías de logros la pasada campaña, antes de tomar decisiones mayores. Hablar de más suele ser síntoma de un estado de vulnerabilidad que no está negado a los humanos, y en este particular ‘Zizou’ no parece haber digerido todavía un par de recientes reveses en su vida personal.
 
Gareth Bale, como si fuese Keylor Navas o cualquier otro jugador, no puede ser una diana donde disparar arteramente la frustración de un entrenador. El atacante galés, diga lo que se diga, no se merece, muy a pesar de su carácter apático, un trato como el que le profesa hoy Zidane. Ambos están, evidentemente, en estado de dolor y lo más lógico es que una amable charla consensuada por el club, o su presidente, termine con lo que queda muy mal visto desde afuera. 
 
Ni Zinedine Zidane, ni Gareth Bale, ni el Real Madrid y menos aún sus numerosos aficionados alrededor del mundo, necesitan lidiar con este tipo de comportamientos infantiles que intentan curar las heridas que no se ven.
 
 

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