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Martín Onti: Primero arderá París

Se espera mucho del PSG de Thomas Tuchel. No sólo que los logros del técnico alemán inunden las vitrinas del Parque de los Príncipes con trofeos de torneos nacionales, sino más bien que cambie todos estos por uno sólo. Ganar la Liga, la Copa, amistosos, encuentros por los más valiosos puntos que estén en juego de partidos de ‘cabotaje’, no interesan tanto en la entidad catarí, perdón, de dueños cataríes, como la ansiada conquista de la Champions League en su lugar.
 
Ningún logro casero puede ya conmover a Nasser Al-Khelaifi, otro que atesorar la mayor competencia internacional europea. La abrumadora y hasta obscena diferencia futbolística entre el París Saint-Germain actual y su séquito de perseguidores en Francia, hace que el punto de respeto deportivo vaya desapareciendo en el fútbol galo y que el desinterés sea el común denominador de un juego que ya no atrae ni a los propios franceses.
 
Sin embargo, y por ahora, el sueño continúa en la persecución del interés máximo. La despedida de Unai Emery y la contratación, casi en paralelo, del estratega germano, ha sido obviamente entendido como parte de las urgencias de una necesidad que nadie precisa afirmar. Nadie niega que la muerte deportiva ronda las estancias del PSG si el máximo galardón en cuestión no aterriza en ‘Le Parc’ esta temporada. Ese es el terror que acecha a Tuchel y a toda la entidad parisina, sumada a la ausencia de Neymar Jr. como serio candidato al Balón de Oro que acaba de ganar Luka Modric.
 
Que esto ocurra, lo cual no debería descartarse a tenor de las sorpresas a que la Champions nos tiene acostumbrados, significaría asumir que la recta final de un alentador proyecto, desde que los petrodólares se adueñaron del balón alrededor del mundo, se desbarataría en un abismo de profundidades insondables. París arderá, no sólo por las protestas actuales en contra del gobierno de Emmanuel Macron, sino como primer paso hacia el final de un modelo y el inicio de otro más fructífero, aunque sólo para unos pocos.
 
Por de pronto, y adivinando los preparativos de una hoguera prevista si las manos de Don Nasser quedan vacías de lo más trascendental de Europa a nivel futbolístico, los movimientos sutiles ya comienzan a despuntar la intención de los hechos que devendrían. Tan lejos geográficamente, o tan cerca en intereses comerciales, más allá del Océano Atlántico, una logia identificada con la excusa de la pelota, comienza a armar sus planes alternativos en donde se le pueda extender la mano a la fuerte inversión de Al-Khelaifi.         
        
Una situación de sorprendente similitud en otros ámbitos del fútbol internacional, donde la imperiosa obligación de ganar absolutamente todo lo posible es lo que otorga poder dentro del contexto de una sociedad acotada por los triunfos, nos va descubriendo nombres e instituciones de élite que secretamente -o ya no tan secretamente- han comenzado a tejer las primeras esperanzas de una emancipación económica con ribetes de condena para quienes quedan afuera de la conversación.
 

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