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Martín Onti: La obligación del Barça y la ilusión del Valencia

El estadio Benito Villamarín en Sevilla espera una fiesta. El ambiente allí, y en esta época del año, comienza a tener ese distintivo de alegría contagiosa que trasmite la capital hispalense. Los andaluces tienen esa chispa de vida que muchos quisiéramos que estuviese con nosotros a toda hora, pero, como eso no es posible, desear estar andando por las márgenes del Guadalquivir es la mejor aspiración a la que accedemos de vez en cuando. 
 
Este sábado juegan aquí el Barcelona y el Valencia para dilucidar quién es el campeón de la Copa del Rey. Dicho de una manera más apropiada, juegan la obligación y la ilusión. La urgencia no concebida más allá de las meras palabras por parte del conjunto catalán contra la despreocupación fortalecida que prevalece en los del Turia.
 
Dos equipos que marcharon a lo largo de la temporada por diferentes caminos. Los de Ernesto Valverde yendo del más al menos que una catastrófica eliminatoria en Europa les abofeteó el espíritu en Anfield y los de Marcelino García Toral en ese riso tan caprichoso como positivo que les impulsa a esta instancia final del segundo torneo más importante de España.
 
Es cierto que llegado el momento -ese que no engaña cuando empieza el juego- toda elucubración pasa a un segundo plano porque ese es, precisamente, el instante en que uno puede imaginar con mayor claridad lo que realmente sucederá. Más aún teniendo en cuenta las consideraciones que corresponden a un partido donde se deben juzgar muchas alternativas que hacen al todo de una temporada diferente para ambos.
 
En la organización de este corolario de una cada vez más descafeinada competencia, todo ha debido ser puesto cuidadosamente en su sitio para esta finalísima de la Copa del Rey. Desde los pitidos que en algunas sedes se ha ofrecido al himno español hasta la puesta en escena de la entrega de premios. Todos los detalles han sido sometidos a un escrutinio muy bien cuidado en un escenario idóneo para la ocasión.
 
En lo futbolístico, volver a hablar de la ‘Messidependencia’  que sufre este Barça del ‘experimentado’ Valverde y de la pasividad contagiosa de este Valencia de un ‘novel’ Marcelino, nos ponen sobre el camino de lo que deberíamos esperar que ocurra este sábado en Sevilla.
 
Dueños de un síndrome similar en sus estados emocionales, uno se entrega a la obligación que le va en ello y el otro a la ilusión condicionada. El Barcelona con esa insípida necesidad que no es tan demandante en el aún latente dolor del alma culé y el Valencia, con esa ilusión a cuesta que tiene más de virtual que de real en el sentir levantino. 
 

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