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Martín Onti: La nobleza del nopal

No sería oportuno comparar situaciones si estas no son consideradas como un propósito sano para corregir un destino interpretado como conveniente. El fútbol mexicano cambió sutilmente en un momento para desgracia del mismo. Muchas medidas entremezcladas y bien trabajadas, con prudencia, paciencia y tesón, sirvieron para en dos a tres décadas de dedicación permitir que su concepción ganara enteros en la consideración mundial de este deporte que dio hoy un nuevo paso atrás.
 
No es que la derrota de Chivas de Guadalajara ante el Kashima Antlers japonés en Abu Dhabi, por el Mundialito de Clubes, haya denostado por completo al balompié azteca, ni tampoco que ese partido en especial vaya a ser determinante y crucial para tomarlo en consideración y decapitar universalmente al fútbol mexicano, no, de ninguna manera.
 
Lo que uno pretende es frenar el envión de un carro que, sin válidos fundamentos, se dirige cuesta abajo sin estar enterado que el final de ese camino, no es otro que el fondo de un abismo de difícil retorno. Darse cuenta a tiempo que las herramientas, las reales y verdaderas que se tienen a mano, son las equívocas, podría recomponer y no echar a perder un valioso trabajo que se ha venido haciendo desde épocas muy pasadas ya.
 
Remontarme a aquellas temporadas de antaño, se transforma en un ejercicio tan frustrante como inútil. Debería viajar hasta los días del Dr. Miguel Mejía Barón, el serbio Bora Milutinovic y Manolo Lapuente -no creo que más lejos ni más cercano a ellos- para descubrir el momento de una catarsis que fue desvirtuándose a partir de no comprender una realidad marcada por la honestidad y el respeto a una identificación, a una esencia que hoy el mundo contemporáneo rechaza. 
 
Menciono, a propósito, al nopal como una señal de identidad que se ha ido perdiendo por influencias modernas, cuando lo más valioso para el reconocimiento es asumir orgullosamente el simbolismo de algo que signifique, al margen de lo iconográfico, una imagen de unidad a la que aferrarse convencidamente, concretamente al fútbol en este caso.
 
Eso es lo que me parece ha perdido México en los Emiratos Árabes Unidos ante el Kashima nipón hoy, el rumbo que no han sabido conservar y que tanto esfuerzo demandó desde aquel entonces en que la humildad de mucha gente había encontrado la dirección exacta para rescatar el respeto merecido para el fútbol azteca. 
 
Mencionar culpables necesita de un listado muy extenso en el que se vería comprometido todo el estamento que rodea al balompié mexicano. Directivos, jugadores, medios y afición se reparten responsabilidades de difícil aceptación, tan difícil como entender que volver a empezar para desterrar el eterno Déjà vu, parece ser el destino obligado de quienes no soportan vencer la mediocridad con identidad y esencia, justamente la que siempre sostendrá la nobleza del nopal.
 

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