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Martín Onti: Élite y plebe

Nadie debe enterarse, al menos en tiempo y forma, de los planes postulados por el enemigo. Lo primero en estos casos es descubrir el propósito y luego entender el por qué. La Superliga europea de fútbol tiene un objetivo, dicen, todavía en estudio, donde las superpotencias intentan ponerse a salvo de una economía en ciernes y donde los desfavorecidos quedarían al margen del juego.
 
Las mayores confederaciones del mundo futbolístico vieron, primero, desde una plataforma de conveniencias comerciales, cuál sería el papel que les tocaría desempeñar en este nuevo intento empresarial. Evaluado el alcance y la participación de cada uno en la propuesta, lo lógico era que sucediera lo que ahora. El rechazo de los que quedan al margen de lo trascendental, hará levantar la mano en señal de protesta a los desatendidos y no por estar en desacuerdo con el formato deportivo, sino mercantil.
 
Todos saben y nadie sabe, o nadie quiere enterarse, de los requisitos a cumplir porque sólo importa estar entre los elegidos. El análisis de los hechos deviene en conflicto toda vez que alguien con derecho se ve defraudado por una resolución desfavorable, dicho de otra manera más directa, si una entidad con posibilidades de acceder a esta competición queda afuera de la misma por el motivo o excusa que se le señale, los secretos de estado amenazan con quedar al descubierto.
 
Los clubes de élite intentan formar una sociedad exclusiva, dentro de la alta alcurnia futbolística, en la que los plebeyos sean parte de la historia, pero no formando grupo en el mismo bando. Este tipo de acuerdos consentidos son compartidos con ciertos interesados y, en ese listado, los nombres de las instituciones menores no cuentan más que para conocer las decisiones una vez tomadas.
 
La repartija del botín, como en esas películas de Hollywood, siempre se hace entre los que planificaron el atraco. El resto es parte de la audiencia que ha acudido al cine y debe ver la obra desde su butaca para dar su opinión tras la función. La presentación se aprueba o no dependiendo de los gustos personales y, en este caso, de los intereses en cuestión. La claridad dependerá de quién o quiénes la interpreten. 
 
La FIFA y la UEFA se encuentran ahora en el medio de una toma de decisiones que marcará el futuro del fútbol mundial, y digo esto porque también el estamento internacional, que comprende a las otras madres continentales de este deporte, sopesarán las consecuencias nacidas de las medidas que adopten Gianni Infantino y Aleksander Ceferin.
 
La élite y la plebe han iniciado juntos, por ahora, un camino sin marcadas agresiones. El respeto, se puede decir, aún impera en los escritorios hasta tanto se terminen de definir las consideraciones de cada uno, sobre todo las económicas. A partir de entonces, la caballerosidad reinante y el diálogo amistoso puede que ya no sea tal.
 

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