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Martín Onti: La resiliencia y el dolor invisible

No cualquiera está capacitado para entender el dolor invisible sin experiencia. A partir del 19 de diciembre del año 2019 el aprendizaje de este nuevo estado existencial ha ido creciendo en el área de lo desconocido para un numeroso sector de la humanidad. Ese crecimiento en el campo de la comprensión, ha viajado en proporción a la incidencia que el virus ha tenido en nuestro entorno.
 
Aún hoy, casi 1 año y medio más tarde, la dificultad para poner en su exacta perspectiva lo que ocurre, sigue sin vencer a la incertidumbre y al misterio. En consecuencia, todo nos va sonando a extraño desde aquel entonces.
 
Estos JJ.OO. de Tokio 2020 nos van demostrando, a la velocidad de una actualidad que apenas comprendemos, que un nuevo y desconocido límite se presenta desafiante hasta que, de repente, uno entiende que sólo queda un camino y que la solución es transitarlo.
 
Estos días, ese camino nos lo ha comenzado a trazar una joven-veterana de la gimnasia mundial. La atleta estadounidense de 24 años, Simone Biles, ha destruido fronteras sin nosotros entender claramente -al menos yo- si ha sido desde la concienciación producto del análisis o del arrebato visceral de alguien que ha llegado a lo intangible de sus propios límites.
 
Así como la adulta decisión de la pequeña Biles, estos Juegos Olímpicos nos van marcando el terreno en el que deberemos transitar en este nuevo mundo. No es para asustarse al pensar que esta nueva era en estado de incertidumbre tiene como componente principal sólo el misterio, porque la bravura de una joven -y de color- nos ha puesto sobre rieles diferenciados para conducirnos en otra velocidad de desarrollo.
 
Simone Biles junto al saltador inglés Tom Daley, que junto a Matty Lee se coronó este lunes pasado en el salto de trampolín de 10 metros sincronizado, oficializando su condición de homosexual, y la atleta uzbeka Oksana Chusovitina, quien a sus 46 años se transformaba en la deportista más longeva de la especialidad cerrando su carrera en estos Juegos Olímpicos, parecen coger el testigo del cambio más allá de lo deportivo.
 
Lo humano comienza a contar otra historia a partir de Tokio 2020 con ejemplos que trascienden las fronteras de un pensamiento que prevalecía hasta hace unos días. Ya todo tiene un sentido diferente gracias a Biles, a Daley y a Chusovitina, no porque no haya habido precursores en el pasado, sino porque ahora las condiciones han mutado en nuestra grisácea realidad, Esta que vivimos con la mascarilla a toda hora, el cuidado en un bolsillo y la paciencia en el otro.
 
Y así nos vamos familiarizando con el dolor invisible. No del todo en lo fáctico, pero sí en la percepción de un mundo diferente donde, a través de la resiliencia, uno va llegando a sentirse menos máquina y un poco más humano.
 

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