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Martín Onti: La insensatez de un club herido

Es probable que Ernesto Valverde continúe siendo el técnico del FC Barcelona la siguiente temporada. En contra de la opinión general de quienes estamos cercanos a la entidad que preside Josep Maria Bartomeu, el estratega extremeño, apoyado por el vestuario, estará al frente del conjunto azulgrana la siguiente campaña a pesar de este final catastrófico que invita inexorablemente a la reflexión.
 
Como jamás ha ocurrido en la historia de este equipo, la derrota ante el Liverpool aún colea en cada rincón de Can Barça y no tiene posibilidad de sanar de inmediato. El luto necesitará forzosamente de un buen tiempo para recomponer el espíritu que Jürgen Klopp y sus jugadores destrozaron en Anfield aquella fatídica noche que persiste doliendo en el vacío del alma culé.
 
Este es el punto de partida, o final, para comprender que hay cambios que deben ser absolutos y necesarios. Para ello, se debería poner en su exacta perspectiva la problemática que afecta a la entidad blaugrana, ejecutar un plan radical antes de que sea demasiado tarde y acortar, al menor grado posible, el tiempo de recuperación de un equipo devastado espiritualmente y sin capacidad de apreciar la realidad.
 
A quienes merodeamos continuamente el vestuario culé, no nos llama la atención lo que ocurre. Uno aprende a adivinar comportamientos cuando frecuenta un ambiente y de tanto observar gestos se adentra en los estados de ánimos, en las reacciones que indican alegrías o tristezas, tranquilidad o nerviosismo, confianza o frustración, rebelión o complacencia.
 
Eso es hoy el vestuario del Barcelona. Una rara mezcla de síntomas indefinidos que acepta como bueno el estoicismo en que la gran mayoría del plantel azulgrana, quizás sin saberlo, está inmerso. La comodidad, hermana del aburguesamiento y de la desidia, suele traicionar. Desde adentro puede que no se tenga la idea precisa de una situación como la que atraviesa el club catalán que, en apariencia, no alcanza a percibir la real magnitud de la hecatombe.
 
Hay una frase corta y concisa de Gerard Piqué dicha tras la caída ante el Valencia anoche, que podría resumir lo que ocurre en Can Barça. Esa sentencia, ‘Si hubiéramos pasado en Anfield, seguramente hubiéramos ganado el Triplete’, deja al descubierto, fundamentalmente, que un vestuario herido no puede pensar en situaciones criticas y cuando el ser humano se encuentra en estado de dolor supremo no se deben tomar decisiones terminales.
 
Todo lo que se diga en este estado de calamidad espiritual no es válido y aprovecharse de la situación a sabiendas de ello, conlleva un nivel de maldad que no había pensado algunas personas podían tener en el seno del ‘Més que un Club’.
 
Lo más sensato, en estas condiciones, es esperar a que aclare tras la tormenta, dejar que el tiempo cure cicatrices y recién entonces volver a abrir el libro donde se le dejó. Una especie de catarsis es lo que exige la situación, pero, para ello es conveniente saber esperar y hacer silencio. El mundo sabe lo que ha pasado y sólo los necios pueden ignorarlo. No hace falta decir nada más.
 

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