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Martín Onti: Épico aprendizaje

DUBLÍN, Irlanda.- De las cosas buenas uno debe aprender. Aprovechar que estas suceden para mirarse en ese espejo y olvidar las excusas es una sana manera de cambiar. Sólo las ganas de superación puede inculcar que aquellos arrepentidos, la gran mayoría de los que se dedican al fútbol, puedan tener en el rugby un modelo en el que verse reflejados y enorgullecerse de practicar un deporte.

En Irlanda, y en un estadio en que habitualmente también se juega al fútbol, ayer se disputó uno de los mejores partidos de la pelota ovalada que se haya visto últimamente. Los míticos All Blacks neocelandeses visitaban en el Aviva Stadium de Dublin al conjunto local. Se enfrentaban los dos mejores equipos del mundo de este deporte, uno representando al hemisferio norte, los europeos de verde, y el otro al sur, los oceánicos de negro.

De esa forma le explicaba a un neófito amigo mío amante del fútbol, antes del inicio de la brega, la primera diferencia entre dos adversarios compuesto de 15 jugadores por bando; de distintos planteos de juego; de iniciativas a partir de las obtenciones del balón; de infracciones; de respeto por el árbitro y por ellos mismos y, fundamentalmente, de las actitudes que diferencian a los dos deportes que el bueno de Juan fue captando inmediatamente a medida que transcurrían los minutos.

No hablaremos de lo ocurrido en Dublín en cuanto a las estrategias y las tácticas que competen al rugby, porque no ese el punto central de lo que pretendemos dejar aquí aclarado. Más bien es lo que viaja en paralelo, todo lo extra que rodea al ‘salvajismo’ de un deporte exigente y físico que hacían cerrar los ojos a mi acompañante cada vez que había un ‘encontronazo’ en posiciones tanto fijas como móviles y de carrera.

Haremos hincapié en la honestidad que compete histórica e intrínsicamente a un deporte de dureza extrema, en donde la fiereza del juego deviene en entendida caballerosidad y aceptada competencia de cara al espectáculo en que se ha convertido el rugby. Por lo general, lo interpretado como un mal acto siempre controlado, es parte de la nobleza de este juego y a esa conclusión llegamos en el análisis de las acciones. Allí mi acompañante comprendió las diferencias de entre uno y otro, esas actitudes que no necesitan explicación alguna.

Ganó Irlanda, perdió Nueva Zelanda. Un 16 a 9 que marca la segunda épica victoria de los hombres de verde sobre los hombres de negro en la historia y que se transforma en algo anecdótico, que no cuenta a tenor de la alegría que expresaron los rivales al final del partido. El resultado, en números, favoreció a los irlandeses, en entrega, honestidad, confianza y conformidad deportiva a los dos y a millones de espectadores alrededor del mundo.

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