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Martín Onti: El "winner"

Leía recientemente unas declaraciones del ciclista estadounidense Lance Armstrong en las cuales, entre la complacencia y la frustración, exponía su polémica carrera deportiva. De verdad, cuando uno se adentra en la mente y el alma de un competidor de esta índole, no puede evitar ponerse en sus zapatos antes de emitir un juicio final.

El deporte por lo general, aunque muchas veces si hablamos de otras profesiones significa poner papel calco sobre el original, nos exige que el triunfo sea el único argumento válido para sobrevivir en la exigencia del éxito. En las más de las veces, casi siempre, sólo la conquista o el fracaso de un propósito hace que el respeto de la sociedad se manifieste con alegría hacia el vencedor y con desconsuelo hacia el perdedor.

En la vida del deportista no es creíble que competir por competir, haciendo de la participación deportiva un bien altruista para el deleite del adversario, termine siendo aceptado por quienes disputan una contienda donde el objetivo es el triunfo.

Armstrong deja bien en claro con sus palabras, que las etapas en las que el deportista va desarrollando su carrera hasta convertirse en un competidor de élite van mutando a través de las necesidades de un propósito final que no es otro que ganar. Lo que le sucedió al conquistador de tantas batallas pírricas, en las diferentes competencias en que fue ‘confeccionando’ su nombre con mayúsculas, no debería de extrañar a tenor de lo que hoy sabemos.

Su carrera en el ciclismo tuvo varios pasajes impulsados hacia el logro de ese reconocimiento universal en el que numerosos factores inciden en profesionales de todo tipo. El logro de desafíos, el alcance de sueños, el desarrollo emocional a través del aprendizaje y la competencia, la administración de la eficacia de manera autónoma y la orientación entrenada de distintos grupos de enseñanza para conseguir un método que funcione.

Así despertó Lance Armstrong a lo que él entendía por la consecución de la gloria eterna. Cuando se percató que si no se drogaba para destacar sería uno más del pelotón de abajo, decidió subir el ‘octanage’, como le denominaba al consumo de estupefacientes, y logró ser el mejor de todos, el ‘Winner’, antes de transformarse en el hombre más desgraciado del planeta al que los recuerdos de los 7 Tour de Francia ganados se le vuelven como un bumerang sobre su maltrecha conciencia.

Martín Onti

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