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Martín Onti: Aprender a vivir el momento

Puede que deba ser tenido en cuenta un momento particular para justificar una actitud. Debemos entender que es posible equivocarse sin maldad, una premisa absolutamente lógica cuando se analizan las diversas condiciones de cada uno y de cada situación. Ante todo, sin este principio no podríamos comprender, para aceptar luego, que los errores se cometen sin intencionalidades contraproducentes.

Por desgracia, muchas veces sólo el tiempo y la experiencia van poniéndonos en nuestro lugar. A veces no es tan tarde para lo esencial, pero en la mayoría de los casos sí lo es. Cuando nos percatamos que ya poco de lo trascendente tiene remedio, el castigo vive con nosotros en este mundo en que un juicio se transforma en una pesada lápida de hormigón armado.

La historia nos demuestra que las malas decisiones no corregidas en su momento, en ese en el que se vive alocadamente la fama y el dinero, suelen no tener marcha atrás. Muchos ejemplos podríamos aportar desde los deportes populares para corroborar una realidad que los mismos protagonistas cuentan con sus historias personales de por medio.

En el fútbol, no valdría retrotraerme a algunos ejemplos tan alejados como el del argentino René Housemann, el del inglés Paul Gascoigne, el del italiano Antonio Cassano, o el más actual del mexicano Carlos ‘el Gullit’ Peña. Por ello me quedaré con las confesiones de futbolistas modernos que pudieron llegar a ser figuras profesionales destacadas dentro de la élite mundial, pero que se quedaron a medio camino, como ellos lo dicen, por sus malas elecciones.

En recientes entrevistas a medios de comunicación, Roberto Soldado, el hoy atacante del Granada nacido futbolísticamente en ‘La Fábrica’ del Real Madrid, y Fran Mérida, centrocampista del Osasuna amamantado en ‘La Masía’ del Barcelona, desandan sus no tan lejanos pasados para ajusticiarse a sí mismos y ofrecer, con una loable intención altruista, una clara advertencia a los jóvenes que comienzan a emerger en el mediatizado fútbol mundial.

Tanto el valenciano como el catalán discurren en la melancolía de la memoria por esos pasajes en que todo estaba a pedir de ellos, de su trabajo, de su dedicación y su esfuerzo para llegar a ser lo que en la irrecuperable distancia vivencial hoy lamentan.

Martín Onti

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