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Martín Onti: Adiós al rugby

Desde que hiciese su irrupción en este deporte el multimillonario Rupert Murdoch, con toda la santa intención de hacer la mayor cantidad de dinero posible con este juego, el rugby comenzó a transitar por el territorio vendido al diablo. Poco a poco, todo lo que rodeaba al balón ovalado fue tiñéndose del color económico que el magnate australiano le daba con una exposición que a través de sus medios de comunicación llenaban el ojo avizor de una audiencia ávida de interés televisivo.

No podríamos sentarnos en la acera de enfrente si fuésemos partidarios de la idea de Murdoch y sus secuaces, pero sí en el caso de entender e identificarnos con el origen y los sentimientos reales que circundan un deporte tan frontalmente agresivo como honesto.

El rugby tiene tanta historia como el fútbol. La certeza de saber estadísticamente que sólo superado en interés mercantil por este y por los Juegos Olímpicos, nos da la exacta perspectiva de esta elección. Sumando el hecho de que el estudio de mercado llevado a cabo en su momento no estuvo para nada desacertado para que la comercialización tuviese este presente, la ecuación nos habla claramente del acierto negociante de un inversor interviniendo sobre una necesidad.

Seguro que siendo el rugby un deporte dueño de muchas virtudes, la toma de decisiones no debe haber resultado comprometida, y señalarlo como el elegido debe haber sido más fácil para quienes tomaron aquella alternativa. Todo era del agrado del espectador, sobre todo porque el amplio abanico de posibilidades que ofrecía el juego gustaba al público, y las que aburrían un poco eran admisibles de ser adaptadas al entretenimiento exigido desde la comodidad del sillón del televidente.

Así se inició el fenecimiento de aquel rugby que muchos conocimos. Ya las instancias de propuesta, de gestión, estrategia y objetivos desde el plan táctico, cambiaron sideralmente. Las líneas de planteamiento del juego fueron distintas porque lo que se persiguió a partir de entonces fue un propósito comercial y no espiritual como se acostumbraba.

En la actualidad, con permiso de los tiempos contemporáneos, los intereses han mutado a un mercantilismo general -no expondré si para bien o para mal- que apenas si se coge con finas uñas al origen del juego. Sigue siendo el útil un balón ovalado, primordialmente se juega con las manos aunque se patea también, se vende por su rudeza bien entendida, y se lo promociona desde su honestidad y camaradería. 

Apenas poco más, lo esencial es el dinero y ya pronto, si nos atenemos a partidos como el de España y Bélgica celebrado en Bruselas la pasada semana camino a la Copa del Mundo Japón 2019, ni eso nos quedará para el orgullo.

Martín Onti

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