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Martín Onti: Los últimos sofistas

MADRID, España.- La verdad y la mentira, casi siempre han ido de la mano, las dos necesitan imperiosamente de la otra aunque sea para diferenciarse. Están destinadas a entenderse y aceptarse en la certeza o en la falacia para contrarrestarse mutuamente en aras del éxito. Como en una discusión, se debe lidiar con los argumentos para convencer a su par de la convicción de una evidencia o de la hipocresía de un engaño. Esa es la vida de un negociante.
 
Existen, más aún en el mundo de los traspasos que genera el fútbol, muchos cuentistas de ocasión que venden la Torre Eiffel a cualquier turista. En ese apartado necesario para trascender en el mercantilismo futbolístico, es el juego del despiste lo que tiene mejor cabida para la base del mercadeo en el se parapetan algunos, con la excusa de llegar a buen puerto con sus intenciones primarias a cuesta.
 
No tratamos de inculcar de mala forma la ‘charlatanería’ sofista en este artículo, sino de rescatar la parte sana de su utilización. Es así que en el fútbol de nuestros días, saber separar las necesidades ocasionadas desde lo falaz tiene sus pro y sus contras, a sabiendas que todos entendemos el juego del trapicheo que las ventanas de los finales de temporada nos ofrecen.
 
Desde el arte propio de los sofistas, una profesión que desde la antigüedad cuenta con grandes maestros, se me ocurre apropiado traer a colación en esta época moderna, el desenvolvimiento de los agentes de deportistas. Hay numerosos representantes con el ‘don de la calle’ como solían tener aquellos viejos parlanchines griegos que debieron convencer al pueblo que su intención pasaba por hacer el bien y evitar el mal.
 
Sí, sabemos muy bien que se hace harto difícil aceptar la franqueza de gente como el italo-holandés Mino Raiola en su mejor versión, como hombre de palabra en el que se puede confiar. Sin embargo, le cabe el derecho que así sea hasta que se certifique fehacientemente lo contrario.
 
Mentiras piadosas al margen, el objetivo es vender sus ‘patrimonios’ con el beneplácito de sus propios géneros. La fábula se la cree el incauto, y déjenme decirles que en estos tiempos contemporáneos que corren ya nadie lo es. Matthijs de Ligt y Paul Pogba, dos de sus aventajadas mercancías entienden el juego del dinero. El francés, ya experimentado en estos quehaceres, y el holandés. novato con mucho por aprender todavía, tienen eso sí, a tenor de lo visto, un denominador común con Raiola que pasa bastante lejos del puro respeto por el balón.
 

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