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Martín Onti: Se veía venir

MADRID, España.- Quien no haya podido imaginar este final de la Supercopa de España en La Cartuja, quien no se haya atrevido a vislumbrar una posibilidad de que el Barcelona cayera ante el Athletic de Bilbao, en este invento en que este tipo de torneos se ha ido transformando, es porque, realmente, vive en un mundo futbolístico muy diferente al nuestro.
 
Amén de hablar sobre lo que es el Barça como institución deportiva en la actualidad, es una obligación poner en perspectiva este momento de profunda tristeza que causa la derrota culé ante los de Marcelino García Toral en la capital andaluza. 
 
Llevarse el título de súper campeón español significa la gloria para los vascos y un nuevo, y ya acostumbrado revés, para quienes dirige Ronald Koeman. 
 
Cuando uno hace énfasis en los mismos puntos tantas veces, repetirlos se transforma en una aburrida y tediosa demostración de frustración desde la escritura, el micrófono, o el elemento que corresponda destacar para acentuar una opinión.
 
Sin pretender hacer leña del árbol caído, no podríamos obviar con silencios los gritos mudos de este equipo que lidera Lionel Messi. 
 
Ante los leones de García Toral, volvió a quedar de manifiesto esa pobreza espiritual que tiene esta entidad. 
 
No creo estar tan lejos en el concepto principal cuando señalo a todo el estamento azulgrana como culpable de esta bajeza moral que vuelve a terminar en un sórdido fracaso.
 
Aparentemente el final se veía venir. 
 
Nadie supo, después de la última Champions League ganada en Berlín ante la Juventus en el 2014-15, enderezar el desfasado rumbo de este club. 
 
Todos se escondieron detrás de Messi y creyeron que el argentino sería eterno. 
 
Nadie acertó a programar una nueva etapa a ojos de lo que era desde entonces una obviedad.
 
A orillas del Guadalquivir, el Barcelona tocó un nuevo fondo, y no podríamos asegurar que no haya más profundidad en un contenedor que comienza a oler a estiércol. 
 
A esta altura de las circunstancias, la nave blaugrana ha perdido el rumbo, el sentido y, lo que es peor, el respeto por ellos mismos.
 
De ninguna manera se intenta degradar el mérito de un Athletic de Bilbao justificado campeón de la Supercopa de España. El presagio de una nota lo dejaba expuesto, con mención especial a Marcelino y aquella victoria en esta misma Sevilla cuando entrenaba el Valencia. 
 
Nadie trata de menoscabar un logro deportivo de quienes los merecen, sino dejar en evidencia las flaquezas humanas de almas que transitan de pena en pena.
 
Repito, se veía venir este final. 
 
Era tan obvio lo que podía ocurrir, que la sorpresa no hizo más que darle paso a la razón de suponer, antes del juego, que García Toral, sin importar quién estuviese enfrente, se saldría nuevamente con la suya. Ahora, si le agregamos que el partido era ante este Barça de Koeman, o de Messi, o de una sociedad despersonalizada, el pronóstico no contempla el valor del elogio.
 
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