Martín Onti: La sabana africana

MADRID, España.- Existen muchos tipos de verdades, pero sólo una es valedera desde lo científico. Se puede argumentar una verdad desde lo personal con base en lo religioso, en lo filosófico y en lo ideológico, sin embargo la validez de una postura con sustento en la ciencia demostrable es absoluto e irrefutable.
 
18 goles encajados en 12 jornadas abre, indefectiblemente, una duda que en equipos como el Barcelona marcan historia e invitan a la reflexión. No es casual, no puede serlo, que habiendo sido un conjunto casi inexpugnable en defensa, de repente, y como por arte de magia, el líder de La Liga sea uno de los más goleados en tan poco partidos jugados.
 
El asombro brota naturalmente y la primera reacción nos sumerge en el análisis de los hechos. Se podría entender un cierto desequilibrio en un equipo acostumbrado a ganarlo todo, un entendible hartazgo deportivo, físico y hasta aversiones que involucran entrenamientos, obligaciones paralelas, lesiones y el cansancio que genera toda la trama de estar obligados a cumplir siempre por ser un club de elite.
 
No se puede ser tan necio y no medir todos los factores que llevan a la escuadra de Ernesto Valverde a fallar de manera tan infantil a veces. La falta de soluciones de urgencia que el ‘Txingurri’ emplea para corregir errores no vienen de hace un par de partidos anteriores, sino de temporadas pasadas y que repercuten ahora de manera preocupante en la entidad culé.
 
Hay personas que en este tipo de casos tienen reacciones dispares. No descubriremos nada nuevo con decir que las excusas suelen ser el primer sostén para apañar una falsedad. Si esta alarma hubiese tenido una reciente y reconocida culpa, se podría entender la desesperación a la que se aferra el hombre acosado por una realidad esperando un tiempo prudencial por la aparición de la solución adecuada. Pero, no es este el caso en el Barça de Valverde.
 
Si el sistema tiene sus fallas, si este no funciona como debe ser por las causas que fueren, llámese falta de convencimiento, juego y astucia del adversario, o ligereza en la puesta a punto, la intervención debe ser radical antes de desbarrancarse en el abismo inevitable del fracaso.
 
Seamos serios desde la imparcialidad. Nadie pretende casarse con ideas que no comulga por el sólo hecho de agradar a alguien. Valverde se equivoca en un par de puntos cruciales que, de no corregirlos de inmediato, terminarán pasándole factura con destino incierto.
 
Gerard Piqué no puede caprichosamente campar a sus anchas sin respetar un libreto estipulado; Sergi Roberto es una invitación constante a las intenciones ofensivas del rival de turno por su lateral; Jordi Alba vive en esas excursiones que su cerebro atacante le ordena desde su otro yo; Lenglet, Umtiti o quien sea, suplican por un simple vaso de agua en el desierto en que quedan con sólo Ter Stegen por detrás; y en ese descampado entre líneas que queda, tipo sabana africana lleno de animales salvajes, Sergi Busquets termina implorando a Arthur y a Rakitic que no le dejen a solas con los leones que terminarán devorando su alma educada en La Masía.
 
Martín Onti
 

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