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Martín Onti: La resurrección y el llanto

Si de repente alguien por razones que no se justifican con el absolutismo de una situación crítica rompe a llorar, es que algo no está funcionando correctamente. Si los motivos no se corresponden con los de un acontecimiento que tenga asidero en la lógica de una realidad, tal situación, a la del llanto propiamente dicho me refiero, debe ser analizada con la premura correspondiente del caso.
 
Pues, más o menos, algo de esto es lo que vino a ocurrir ayer en el Camp Nou donde se enfrentaron el FC Barcelona y el Levante, cuando sobre el tramo final del partido saltó al campo de juego Ansu Fati. Un joven de 18 años se transformaba así en un bálsamo para las alicaídas almas de los aficionados del Barça, y de todo el estamento que gira alrededor del fútbol en esta España venida a menos en un deporte en el que supo estar en la cúspide que hoy ostenta la Premier League inglesa.
 
Hemos visto gente, al borde del sentimentalismo barato, contener las emociones sobre las mismísimas márgenes del ridículo. Me pregunto si se ha analizado que el fútbol es un juego y que de su subsistencia no puede depender nuestra felicidad. Si se me permite, hasta podría justificar a aquel hincha que se entrega en los estadios al devenir de su equipo hasta un grado marginal de fanatismo, pero de allí a provocar el llanto en quienes deben informar, dista una distancia preocupante que sólo se admite por el dolor de los tiempos actuales en estado de impotencia.
 
Quienes hayan sido espectadores de esta descripción, desde que ingresó Ansu Fati al terreno de juego a 10 minutos del final y hasta la consecución de su gol cuando expiraba el encuentro, repasarán que las prioridades emocionales jugaron más que la realidad de un partido en el que muchos se jugaban sus inmediatos o mediatos futuros, y que el 3-0 final sólo ha servido para disfrazar una especie de penumbra en color blaugrana bajo el mando de Joan Laporta.
 
Primero, el equipo de Paco López nunca en estas condiciones por las que atraviesa el Levante puede, o debe, ser considerado baremo de una resurrección; Segundo, y por consiguiente, la dinámica del conjunto de Ronald Koeman no difiere en nada a lo visto desde este inicio de temporada; Tercero, se juzga desde los intereses de LaLiga la importancia de una institución que otorga antigua trascendencia y no un mediocre presente; Cuarto, ni grupal ni individualmente este Barça deslumbró ayer en su triunfo, en realidad fue más el deseo que el resurgir de un equipo con un par de actuaciones que aún no otorgan el crédito de confiabilidad exigido.
 
Es verdad que tras 323 días de ausencia y después de muchas penurias físicas, reapareció el proyecto de un gran jugador de fútbol como es Ansu Fati, y es verdad también que esa promesa tenía la mística camiseta nº 10 que visten los elegidos, pero, de allí a dar rienda suelta al renacimiento y largarse a llorar elevando loas de exitismo desde el borde del campo y a través de los micrófonos, obliga, al menos, a pensar un poco que ahora se viene la Champions League en Lisboa y el Atlético de Madrid del ‘Cholo’ Simeone en el Wanda Metropolitano… Después la seguimos. 
 

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