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Martín Onti: La mentira necesaria

Martín Onti: La mentira necesaria

MADRID, España.- En ocasiones me quedo estupefacto, sin palabras, mascullando esa impotencia por no poder denunciar claramente la realidad. Aun así, me armo de valor para dar una opinión, que de forma curiosa no es la mía solamente, para decir lo que pienso. Cuando Antoine Griezmann empató el derbi en el Santiago Bernabéu, casi sobre el final del encuentro, los medios se hicieron eco de inmediato de un final de Liga trepidante.

Eso sí, faltando aún el encuentro de La Rosaleda donde el Málaga esperaba a un Barcelona que con un triunfo podría volver a meterse, estadísticamente, en la pelea por el título. Como agua de mayo se esperaba en la parroquia culé ganar ese juego, porque de ello pendía la esperanza, aunque inmerecida por lo visto a lo largo del torneo, de afrontar la recta final soñando con la obtención del triplete.

Sin embargo, la derrota de los azulgrana, esperada por agnósticos de ocasiones como esta, no fue sorpresa en absoluto. Al conjunto malacitano con muy poco, o para ponerlo mejor, con lo muy mediocre del Barcelona, le alcanzó para quedarse con la victoria y desquiciar a los de Luis Enrique en una jornada más propia del famoso pánico escénico que suele abrazar a los catalanes últimamente, que de los acotados merecimientos hechos por los andaluces.

Al Barça no le ganó desde el banquillo un ex madridista, Míchel, ni desde el terreno de juego un ex culé, Sandro. Al Barcelona le pudo el mismo Barcelona, ese terror interno, indescifrable y mustio que congela a sus hombres, que angustia a Messi, que convierte en ramplón a Busquets, en uno más a Iniesta, en errático a Suárez, en tontamente belicoso a Neymar y que termina invariablemente contagiando al resto de sus compañeros.

Ayer en Málaga, el equipo catalán perdió definitivamente la posibilidad de aspirar al título. Si una pequeña ilusión vestida de blaugrana existía, ayer se extinguió en el contragolpe letal que sobre la expiración del partido le permitió a Jony Rodríguez sellar el 2-0 final y dibujar la decepción irrecuperable y lastimosa en los rostros de los componentes azulgranas.

La derrota, significante también desde otro punto de vista, arrastra a los medios de comunicación que aún otorgan efímeras posibilidades a un equipo acabado en lo futbolístico, devastado en lo anímico y denostado en las malas elecciones de su cuerpo técnico para encarar compromisos de claras situaciones límites, donde al margen de medirse la inteligencia, se mide cabalmente la mentira, aunque esta sea necesaria de cara a la vidriera que expone al fútbol español alrededor del mundo.

 

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