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Martín Onti: La mentalidad sevillista

Martín Onti: La mentalidad sevillista

SEVILLA, España.- El Sevilla está para el diván, es decir, para ser sometido a terapia intensiva de análisis interminables que nos dejen comprender el origen de sus males. Un equipo que hace sólo un par de semanas atrás tenía un presente iluminado y un futuro promisorio en el capítulo deportivo, hoy, es más una sombra de aquel pasado que promesa de lo que mucha gente esperaba del conjunto hispalense.

Para poder comprender este fenómeno, deberíamos partir de la clásica premisa que nos muestran las capacidades mentales de ciertas instituciones adultas en su conformación, y de las otras que terminan demostrando que son producto de la ocasión. Esto debe entenderse bien, porque en ningún momento trato de menoscabar los valores de aquellas entidades que históricamente tienen un techo de crecimiento a partir de lo deportivo, por su funcionamiento y logro futbolístico. 

 

Pero, viene a ser que los puntos de vista, si fundamentados apropiadamente, tienen su razón de ser y ayudan a tener una idea del problema, el cual, expuesto con un criterio válido, colabora para buscar soluciones que sean propicias y rápidas de poner en práctica. Que luego sean corregidas y resueltas, es todo un capítulo aparte.

Se podría decir que desde la llegada al club del Nervión como director deportivo de Ramón Rodríguez Verdejo, el Sevilla ha sido un modelo de institución. El ‘efecto Monchi’ fue, a través de sus intervenciones, el talismán que provocó el surgimiento de una época de éxitos a todo nivel, desde el administrativo-económico-deportivo a la consecución de títulos que elevaron la categoría de un club medio a uno que comenzó a identificarse con logros de entidades mayores.

Desde entonces, hace 17 años ya, la mentalidad del Sevilla tuvo un cambio de ‘chip’ tan trascendental, que amparada en esta creció la actitud y, con ella, comenzaron a arribar las conquistas y la confianza en ellos mismos para enfrentar retos de fuste mayor con la creencia de estar acercándose a la inmortalidad que el fútbol reserva a los campeones.

A partir de Monchi, todo podía ser posible. Cualquier jugador desempeñándose en el Sevilla podía ser figura mundial; los técnicos se transformaban en estrategas que aspiraban a sentarse en la atalaya de los triunfadores, sus directivos fueron de repente más respetados en los palcos señoriales; y sus aficionados se hicieron del lugar de privilegio que se corresponde con la victoria.

Pero, de repente llega la duda, esa que se origina cuando el horizonte se vuelve indefinido, cuando la actitud depende de la mentalidad y cuando esa mentalidad amenaza con desaparecer en algún secreto bolsillo de su emblemático Director Deportivo.

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