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Martín Onti: El último comensal de la mesa grande

MADRID, España.- En este artículo prefiero, y preferimos, llegar tan sólo hasta ese punto del presente que sólo sirve para asistirnos con las razones que esgrimíamos en el pasado, y para hablar solamente acerca de lo que pensábamos tarde o temprano se corroboraría. No intentamos jugar a ser Merlín, sino a simplemente evaluar una situación y argumentar con hechos lo ya expuesto tantas veces.
 
De la misma manera que muchos adversarios de Lionel Messi saben que, como un karma eterno, sus jugadas volverán a sucederse una y otra vez sin poder ser contrarrestadas, los hechos no nos dejan engañar a nadie sin que la verdad del fundamento dé por tierra con la contraposición de algunos que aún, sin más razones que el amor por una camiseta, se resisten a la aceptación.
 
Cuando las palabras sobran porque la realidad es más explicita que lo que se pone en verso, sólo nos queda colocar como testigo lo que de facto nos exime de comunicar lo irrefutable. Anoche el Wanda Metropolitano en condiciones de un tiempo deplorable, con climatología que daba más para jugar rugby que fútbol, Messi volvió a demostrar porqué es, definitivamente, el mejor jugador de este juego del mundo.
 
Si nos ponemos a desgranar las aptitudes –y actitudes- del capitán del Barcelona, bien podríamos llenar unas cuantas páginas de motivos en los que basarnos para justificar lo que decimos. No creo que a quienes lean este artículo, por otra parte,  se les deba detallar cualidades porque todos entendemos de qué va este juego.
 
Muchas cosas se han dicho ya sobre ‘La Pulga’ en el aspecto técnico, demasiadas como para que a esta altura no resulten redundantes. Hablar de la calidad indiscutible del futbolista argentino sería insistir en el color blanco del papel blanco. Insistir en encaramarlo a la atalaya más alta del firmamento fútbol, ya ha dejado de ser una necesidad y ha pasado a ser una obviedad en la que opinar que ha jugado mal un partido, se resume a la ‘crítica’ de haberle visto caminado el terreno de juego más allá de lo esperado.
 
No ha aceptado comparaciones otras de las que la historia de este deporte le ha demandado, nadie más que los cuatro jinetes del Apocalipsis comparten su mesa a día de hoy, y a días por llegar. Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona pueden sentir que la mesa grande, la única que cuenta, está bien servida con la incorporación del último comensal… acaso verdadera y tristemente el último comensal.

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