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Martín Onti: El Iceberg, el Titanic y Simeone

MADRID, España.- Esto es como un karma maldito que persigue al Atlético de Madrid. Armar un equipo confiable, hacer que su parcialidad se identifique con los triunfos, que se vanaglorie de pertenecer a una casta predilecta dentro del mundo futbolístico internacional, español por cierto también, y que de repente la realidad les abofetee ambas mejillas, no sólo una.

En la ciudad deportiva del Cerro del Espino, donde en Majadahonda el Atléti se frecuenta más seguido, hace varias semanas que las caras, sin hablar, dicen más que mil palabras en voz alta. Los gestos denuncian que el final de la temporada ya está aquí y que, precisamente, ese plazo estipulado para que este contrato entre las partes finalizara, ha llegado a destino.
 
Nadie se podría extrañar de lo que hoy ocurre en la institución de Enrique Cerezo, ni siquiera el mismo presidente que parece sorprenderse frente a los medios de comunicación de lo que ocurre, siendo que desde el final de la temporada pasada ya se sabía lo que ocurriría de no cumplirse los objetivos trazados y para los que, sabemos, se hicieron, eso sí, cuantiosos esfuerzos y de todo tipo, no solamente económicos.
 
En vistas de un exilio de jugadores anunciado, con plazos escritos y fijados, el final era de esperar en una entidad que fue creciendo estos últimos años a la sombra del  su propio nombre, el de un club que reunía los requisitos para terciar en el poder que el fútbol español había concentrado hasta la aparición del proyecto rojiblanco. Era el Atlético de Madrid, sin duda, una perfecta alternativa para romper el bipartidismo que ejercían el Real Madrid y el Barcelona.
 
La apertura y el ingreso de un tercer miembro para fortalecer el poder español en Europa fue bienvenido, inclusive para merengues y azulgranas aunque deportivamente les hiciera sombra futbolística. Todos entendieron, sin embargo, al margen de la ventaja mercantil, que esto corría con el riesgo de saber que la caducidad de la marca podría sellarse indefectiblemente sin fecha previa. Jerarquía que, en cambio, siempre mantendrán en calidad de eméritos los de Chamartín y los de Les Corts.
 
La ‘novela’ de Antoine Griezmann previa a la Copa del Mundo, con el mismísimo Diego Simeone y Diego Godín convenciendo in-extremis al atacante galo de no emigrar al Barça en aquel entonces, más la promesa de un suculento salario, y de que esta campaña el Wanda Metropolitano les serviría para una coronación histórica, terminó siendo en lugar de una fiesta hollywoodense, este semi-entierro que se palpita tras el éxodo masivo de sus mejores figuras.
 
Poco queda para albergar la esperanza de una continuidad en esta dirección a partir de la salida de bastiones como Godín, Griezmann, Hernández, Filipe Luis y los que hacen cola para abandonar un Titanic que acaba de tocar el fatídico iceberg en su rumbo… ese rumbo que intenta, en apariencia, mantener Diego Pablo Simeone por ahora.

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