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Martín Onti: El escorpión y la rana

MADRID, España.- Con esta célebre fábula debería compadecerse el débil en su propio juicio y hacerse cargo de las culpas del karma que siempre arrastrará por castigo divino. Nada que objetar por creer que el silencio le otorgará mejores años de vida sino cuenta la historia como es, aunque sea de esas inverosímiles a las que está predestinado el que sufre desde su misma cuna.
 
José Bordalás no entendía el por qué de este increíble resultado que consigue el Real Madrid en Mestalla. Su propia casa invadida por las brujas de un azaroso viaje que creyó haber completado. La muerte lo deja a centímetros de la orilla a la que pensaba había llegado a escasos minutos del final de un partido que creía tener ganado ante los de Carlo Ancelotti. 
 
 
A diferencia de la fábula de Esopo, en la que el escorpión le pide a la rana que le cruce en el río prometiéndole que no la picaría, aunque a sabiendas que sí lo haría, muriendo ahogado al hacerlo, este Real Madrid ha aprendido a vivir muriendo sin saber en realidad cuando viven o mueren porque su esencia ha mutado hasta convertirse en desconocida para sus propias almas.
 
Cuando equipos como el Real Madrid juegan sus partidos, suele no contar la imaginación sino hasta que la realidad es un hecho consumado. Quizás ni sus rivales mismos lo saben, pero esa camiseta irradia un cierto poder que se mete en el adversario por sus poros y les obliga a claudicar mentalmente ante el destino que les está deparado de antemano. Nos sobran ejemplos.
 
Y volvió a ocurrir esta noche en Mestalla, donde este nuevo, voluntarioso y disciplinado equipo de José Bordalás creyó que podrían cruzar lo profundo de las aguas del Turia sin el peligro amenazante de la muerte sobre la orilla más alejada, sin embargo, cercano a la salvación del lado opuesto, el escorpión ya ha aprendido a calcular cuantas braceadas necesita para sobrevivir sin la ayuda de la rana. Y allí, en ese momento, mata sin piedad y se retira con toda la gloria para sí mismo. 
 
Así vive el Real Madrid desde hace algún tiempo ya. Muchos son los casos y damnificados que no me dejarían mentir, y demasiados los escenarios que han visto exclamaciones de alegrías truncadas por el inevitable frío del llanto final. El Valencia de José Bordalás sólo ha sido su última víctima hasta hoy, no la definitiva. El escorpión sigue vivo y las ranas sobran.

 

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