Martín Onti: 1986 A 2018

BARCELONA, España.- 1986 A 2018. No es el título de un libro de George Orwell -1984- sino las épocas que separan a un grande de otro. Aquel 1986 en que Diego Maradona ganara para Argentina el Mundial de México con toda la grandeza futbolística que individualmente demostró en tierras aztecas para llevarse el segundo trofeo ecuménico con el por entonces pétreo equipo de Carlos Bilardo y la similitud con este Barcelona de Ernesto Valverde que tiene en Lionel Messi al hombre que se responsabiliza de sostener los éxitos deportivos de la actual temporada azulgrana.

Espoleado de cierta manera por algunos hechos paralelos, curiosamente coincidentes, o no, con el momento, Messi ha "explotado" futbolísticamente basado en una sólida personalidad, que no es, o no era, su fuerte, para desterrar definitivamente toda sospecha casual de debilidad conductiva.
 
Aquellos "hechos paralelos", llamémoslos declaraciones desafortunadas de Pelé, quinto puesto de cara al Balón de Oro que ganó muy merecidamente Luka Modric, o renunciamiento lógico a jugar con la Selección Argentina en amistosos intrascendentes desde lo futbolístico, aunque no desde lo económico para las arcas de la AFA, parecen haber puesto definitivamente en el plano correspondiente a quien es el mejor del mundo en este deporte.
 
Puede que "La Pulga" no gane un título más, ni un Balón de Oro, ni una bota de Oro, ni menos soñar con que obtenga una Copa del Mundo con un seleccionado nacional en constante involución, sin embargo, nadie puede ni debe negar que más de una década demostrando sus dotes innegables de excelencia futbolística marcan su carrera y la inmortalidad que se ha ganado para ser tenido en cuanta entre los 5 mejores futbolistas de todos los tiempos.
 
Los hechos actuales, ecos vivientes de la fortuna de poder ser espectadores de esa magia que provoca Messi, nos convoca en la recta final de su carrera para poder apreciar las diferencias entre dos grandes -desde el balón y sin entrar en consideraciones personales- certificando que el actual capitán del FC Barcelona es dueño del pedestal en el que se le coloca y que nadie le ha regalado.
 
Ver a Messi hoy sobre un terreno de juego, e inclusive enfrentando al temido monstruo que han sido los medios de comunicación para él en su innegable timidez, nos obliga a sincerarnos y entender que el crecimiento del ser humano también se produce en los genios, en ese departamento de vivencias en que nos rozamos los mortales e inmortales.
 
Ante el Levante, y con el triunfo que mantiene al Barça como líder de LaLiga, Lionel Messi dejó sentado, una vez más, que las diferencias con el resto es considerable y que él personalmente no precisa atender al grito desgarrador de soledad que llega desde Turín. Uno puede vivir solo, el otro no.
 
Martín Onti
 

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