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Martín Onti: "El toro salvaje de las Pampas"

MADRID, España.- Es el chico que tiene cara de malo, con pinta de ser el protagonista pero que debe aceptar la derrota confiado en que el futuro algún día le sonreirá. Como un actor principal de muchas recordadas películas de Hollywood, Lautaro Martínez tendrá que esperar otra ocasión, que seguro tendrá, y, por ahora, lidiar con la eliminación de su equipo, el Inter de Milán, de la actual Champions League.

Como un guión conocido, que a menudo suele reproducirse en el séptimo arte, el bueno de la película termina siendo nuevamente el perdedor en el final de la historia. Causas sobrarían para que en el análisis de lo ocurrido en el Giuseppe Meazza entre el conjunto de Antonio Conte y el FC Barcelona de Ernesto Valverde, encontremos razones que expliquen la lógica tristeza del delantero argentino tras la derrota frente los azulgrana.

Antes de aceptar la frustración, lo propio es entender el por qué se llega a ella. La escuadra italiana pecó de un regreso a las fuentes que el Calcio ha practicado como una condena la pasada década, y en esa penitencia radica el castigo de tener que contentarse con participar de la Europa League a partir de esta fase eliminatoria, quedando afuera del torneo de clubes más importante del viejo continente.

El desconsuelo pasará con el tiempo para Lautaro Martínez. Me temo que más pronto que tarde el rumbo del futbolista argentino encontrará asilo en lugares más soleados para su fútbol, aunque no por ello la alegría tenga que hacerse dueña de su presente inmediato.

Explicar la propuesta del Inter, o de Antonio Conte en el San Siro, es redundar con esa propuesta repetida de la que el fútbol italiano no puede escapar, en esa trampa sistémica donde sólo la Juventus se escabulle de las duras críticas, y acaso el Napoli sólo si la exigencia de encontrar un acompañante a la Vecchia Signora es menester. Atrapados en ese juego están hombres como Lautaro Martínez, más presos que nunca en la prisión de un método que ya suena a capricho o inmadurez.

Por suerte para el aún atacante nerazzurro , todavía es joven y con un futuro prometedor que a sus 22 años no augura más que buenas sensaciones. Esta temporada pasará y casi seguro vendrán mejores alternativas para él. Italia -y su adormecido juego- sigue contagiada más de un falso esteticismo que de un soñado virtuosismo real y, para peor, sin contemplar guiones que en épocas pasadas nos hacían soñar con un glamour pretencioso.

Al abrigo de los ojos de curiosos que se quedaron petrificados en un pasado con sus mejores actores sentados hoy en los palcos de honor en los estadios del país, el Toro Salvaje de las pampas argentinas les devuelve, de tanto en cuando, la alegría de ver buen fútbol hasta que sea su turno de partir a tierras más fértiles.

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