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Mourinho continúa viviendo en un hotel, solo, mientras el Manchester United flaquea

MANCHESTER, Inglaterra.- José Mourinho no tuvo pena esta semana en reconocer que su vida en Manchester es un desastre. Y no se refería únicamente alos calamitosos resultados que el United ha conseguido recientemente, incluido el empate hoy ante el Burnley, sino por lo que le sucede fuera de la cancha.
 
 
El manager portugués, misteriosamente, aún no encuentra una casa cuatro meses después de haberse “mudado” a la ciudad y sigue viviendo en el hotel Lowry en el centro de Manchester. A su habitación le llevan la comida y allí realiza todas sus actividades cuando no se encuentra en el centro de entrenamientos en Carrington, en las afueras de Manchester. Allí también se corta el cabello, como lo hizo este jueves a las nueve de la noche previa cita con el peluquero del hotel.
 
Su esposa Matilde y sus dos hijos continúan viviendo en Londres, en la casa valorada en 25 millones de libras que la familia posee en el lujoso barrio de Belgravia. Su hijo, Jorge Mario, juega en las inferiores del Fulham, mientras a Matilde le gusta mucho su vida en la capital como para irse a la aún más fría y gris Manchester.
 
 
A esto justamente es a lo que se refería Mourinho al calificar su tétrico presente, lo cual, lógicamente, también se ve agravado por la inestable situación del United. Se encuentra solo, apenas “custodiado” por su ayudante, Ricardo Formosinho, amargado por el entorno de su existencia.
 
Lo persiguen los cazadores de selfies y los papparazzi, lo persigue también la imposibilidad de convertir al Manchester United en un conjunto ganador y la urgente necesidad de conseguir victoria tras victoria para no quedarse fuera de la Liga de Campeones en la próxima temporada.
 
 
Mourinho normalmente duerme poco. El día que comenzó a trabajar en el Manchester United, en mayo, llegó en un tren a la medianoche y a las ocho de la mañana ya estaba en Carrington. Ahora todos los días Formosinho lo recoge a las 7.45am en un Jaguar negro y quince minutos después ya está en su oficina o en el campo. Las noches le resultan muy largas, al hotel regresa a las cinco de la tarde y allí se encierra hasta el otro día.
 
 
Se comunica poco con los empleados del club, incluso no conoce el nombre de algunos, algo que Louis van Gaal siempre procuró recordar. Ni hablar de Sir Alex Ferguson. 
 
Mourinho sigue creyendo que el mal que aqueja al equipo fue sembrado por van Gaal, pero ya finaliza octubre y aún no ha encontrado el antídoto. Esa misma amargura personal, matizada por la lejanía de su familia y la cada vez más enclaustrante vida de hotel, lo hizo optar por un esquema ultradefensivo contra el Liverpool y el Chelsea. En Anfield le bastó para llevarse un punto, -gracias a de Gea-, en Stamford Bridge se comió cuatro.
 
 
Este sábado, frente al Burnley, aunque sí colocó cuatro atacantes definidos, el equipo no pudo marcar y él acabó expulsado por reclamar un penal a favor del United.
 
Si las cosas continúan así resulta bien difícil creer que Mourinho vaya a completar los cuatro años que firmó con el Manchester United. Incluso queda la duda de si completará el primero. De momento no logra desprenderse de sus insatisfacciones futbolísticas y psicológicas, las cuales ahora se ven exacerbadas por la hiel y el desamor de una interminable soledad.
 

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