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Martín Onti: Siempre nos quedará París

LONDRES, Inglaterra.- En el fútbol, la posibilidad de mantener el control sobre las situaciones que rodean a los implicados es directamente proporcional a la obtención de buenos resultados. Sin más, el exitismo concerniente al mundo del balón está infaliblemente relacionado a los números que una persona pueda generar para su continuidad, ya sea ésta jugador, técnico, o dirigente.
 
El portugués José Mourinho acaba de ser despedido del Chelsea de Roman Abramovich, quien le ha rescindido el contrato en términos complacientes que pueden ser bien entendidos desde la amistad que une al inversor ruso con el estratega de Setúbal. Mou recibe así su despido de manera muy similar al que le efectuara con anterioridad el Real Madrid a través de otro de sus amigos, Florentino Pérez, tras el cual había arribado al club londinense de la afable mano de su agente Jorge Mendes.
 
 
Cito estos puntos de la reciente historia del estratega luso para, tras exponerlos, presentar razones hipotéticas que pintan las alternativas a las que se enfrenta el ser humano en su vida y cómo las intenta resolver, independientemente del logro final.
 
Cuando, procedente del Inter de Milán con quienes había obtenido se segunda Champions League, llega al Real Madrid, Mourinho asume haber tocado el cielo con las manos y establece, también por haber sido su derrotado el Barcelona de Josep Guardiola en el torneo europeo, una política de endiosamiento tal que su palabra no podía ser puesta en duda sin tener en cuenta que en el vestuario de los primerísimos y más destacados clubes del mundo habita el ego como figura principal e insoslayable.
 
En aquella ocasión, su política de manipulación termina con su paso por el conjunto blanco al pretender emular a Julio César o a Napoleón Bonaparte al proteger bajo su ala de poder al grupo portugués en detrimento del español. El aplicar el ‘dividir para reinar’ del romano y el corso termina con su paso por la capital española llevándole a Stamford Bridge para su segunda etapa en el fútbol británico.
 
 
Toda vez que desembarca en Londres, la táctica errónea vuelve a serle esquiva en su objetivo postrero separando del radio de mala influencia, a su criterio, a todo elemento que entrañara peligro para su control, y así primero sentencia a Eva Carneiro, la doctora del club, y luego reincide en aplicar su método, aunque con distinta táctica para un final similar, con jugadores como Eden Hazard, Cesc Fábregas, o Diego Costa.
 
‘Siempre nos quedará París’, como le dice Humphrey Bogart a Ingrid Bergman cuando se despide de ella sobre el final de la película Casablanca, porque Jorge Mendes continúa siendo su representante y los viejos tiempos con él nunca se olvidan.
 
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