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Sea quien sea y sea el deporte que sea, la corrupción y el abuso del poder que ejercen ese tipo de personas deben tener su merecido castigo cuando los límites se han violado. (Foto: Getty Images)

Martín Onti: Sam Allardyce y un ejemplo al mundo

MADRID, España.- No podríamos ocultar que en tiempos pasados el fútbol se conducía por otros carriles, por entonces el poder del director técnico tenía una manera diferente de acercarse al control de la situación. Algunos tenían mejor cabida con los directivos y sus incidencias sopesaban largamente sobre las decisiones finales que incumbían a una institución determinada.
Hoy las cosas han cambiado considerablemente y las perspectivas, aunque tienen una misma finalidad, no son las mismas de cara al entorno futbolístico contemporáneo y la mediática exposición a que son sometidas las personas que toman decisiones.
 
En Inglaterra, el tema que involucra a Sam Allardyce con que nos hemos desayunado estos días tiene mucho que ver con lo que trato de explicar. El comportamiento, basado en el poder que una persona tiene sobre una situación, debe medirse inteligentemente teniendo en cuenta su posición pública, y en apariencia Allardyce no se enteró que tendría un papel primordial en el ambiente del fútbol británico a la hora de aceptar el cargo de entrenador nacional y que, sobre todo, cada movimiento suyo, pasado o presente, sería juzgado al detalle.
 
Las maniobras de manejo de corrupción de traspasos, en que el mismo Sam Allardyce reconoce haberse involucrado, fueron mostradas por medios ingleses y en ellas la honradez del estratega quedó comprometida con concretas evidencias que le descalificaban para conservar el cargo del cual ha sido despedido esta semana.
Además, en la cinta en cuestión aparece negociando con supuestos empresarios un acuerdo para representar a una firma de inversores asiática y dar conferencias en determinados eventos, algo que es impropio de una persona vinculada al fútbol como era él.
 
Hoy en día, las inversiones en el deporte, en general, estrechan el círculo de controles sobre quienes revolotean los intereses del juego, y en este apartado cada acción, más aún teniendo en cuenta el destape de casos recientes de corrupción, es puesta bajo la lupa de la honestidad.
 
Después de escasos 67 días al frente del seleccionado inglés, el cese de Sam Allardyce ha servido para ejemplificar ante el mundo lo permisible de lo que no lo es. Sea quien sea y sea el deporte que sea, la corrupción y el abuso del poder que ejercen ese tipo de personas deben tener su merecido castigo cuando los límites se han violado.
 

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