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Martín Onti: El golf en los tiempos del cólera

Todo aquel que esperando en vano que la vara de medición vuelva a ser la de antaño no comprenda que aceptar los cambios son parte de nuestra nueva vida, podría estar incurriendo en conceptuales errores de apreciación. Progresar le llaman algunos y retroceder le llaman muchos otros al camino de la aceptación.

El golf no escapa a tal consideración y el gran certamen de este deporte por equipos entre Europa y Estados Unidos celebrado este pasado fin de semana en Whisling Straits, en el espectacular complejo de lujo que forma parte del American Club situado junto a Sheboygan, en Wisconsin, nos entrego material para juzgar lo que podría deparar en adelante este juego.

La demoledora y humillante derrota que sufrieron los europeos a manos de los estadounidenses, con un tanteador de 19-9 final –algo así como si en fútbol un equipo ganara a otro 5-0 o 6-1- habla, en el mundo del golf, de diferencias tan abrumadoras como incomprensibles si no se tiene en cuenta el contexto en el que esto ha sucedido.

El golf, un juego considerado de élite en el consenso general, ha ido cambiando a través de los últimos años. Ya las interrelaciones han mutado tanto su forma de entender no sólo el deporte sino lo existencial, que las posturas de exclusivismo con que este era visto hasta no hace mucho tiempo atrás, ha dado paso a un contexto en el que la práctica de este deporte se ha hecho extensiva a sectores de la sociedad a quienes antes no les interesaba.

Tedioso sería explicar los pasos detallados del por qué se llega a este punto, pero, y en síntesis, se podría decir que la irrupción del negocio de la televisión ha sido la causante primordial por la cual, hoy, debamos explicar la razón por la que Europa, ‘golfísticamente hablando’, ha sido vapuleada a orillas del lago Michigan.

Se podría disfrazar esta aplastante caída de esa atalaya en la que los golfistas europeos creían estar, a las malas decisiones del capitán del equipo, Padraig Harrington, en la conformación de parejas; al desconocido y difícil campo de Whisling Straits; a la diferencia de estímulos; a las debilidades de muchos jugadores europeos ante la fortaleza de sus pares estadounidenses; sin embargo, deberíamos mirar más en profundidad la razón de esta debacle en la Ryder Cup.

Este golf contemporáneo ya no es el de los viejos estándares de no ver la hora de terminar una ronda de bolas para pasar a la de copas y puros, sino de seguir practicando con absoluta dedicación ni bien se terminó el hoyo 18, y a eso, aunque Jon Rahm lo ha asimilado, los Dustin Johnson, Bryson DeChambeau, Patrick Cantlay, el campeón olímpico Xander Schauffele, y toda la motivada armada yankee lo ha entendido mejor desde hace un buen par de años ya.

Debiera comprenderse que volver a las bases siempre es una muy buena alternativa; esa misma que persiguen desconocidos como Theo y Miguel desde la persistencia en humildes escenarios como la Escola de Golf Hcp1 en San Vicenc de Montalt, hasta la que tendría que palparse en los más renombrados y exclusivos campos de España, como el del Real Club Valderrama en Sotogrande… Por ejemplo.

Martín Onti

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