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Martín Onti: Traición a la "Ginga"

En Brasil hay un dicho popular que dice que la ‘Ginga’ es al fútbol brasileño lo que el duende es al flamenco en España. Una particular forma de definir a los genios de uno y otro arte. La ‘Ginga’ es en Brasil un pilar fundamental de la identidad nacional, una forma única de sentir y desarrollar el juego, los modos y la vida que solamente los brasileños conocen y de la que en los últimos años parecen haberse querido alejar, dejando pequeños resquicios de talento en futbolistas atrevidos como Neymar Jr.

La ‘Ginga’ es un gesto original de tradiciones a base de ritmo, armonía y raíces de la capoeira; es aquel sentimiento de una raíz que define la encarnación futbolística de un Pelé como figura legendaria y capaz de interpretar ese estilo único diferenciado del resto del mundo del fútbol a partir de Suecia ’58 que les llevó al éxito por el camino del espectáculo, la estética y la expresión corporal expuesta sobre un terreno de juego. 

El fútbol y los duendes hermanados en el Parque das Bicicletas de Alameda Iraé, en Sao Paulo, han ido y vuelto sin dejar jamás de ser el indicio de una identidad que distingue a Brasil. Aunque esa emigración de grandes futbolistas a tierras europeas les haya quitado, en ocasiones y en pareceres, ese privilegio cuyas raíces no estuvieron bien arraigadas en los más débiles.

El fútbol y la ginga, que tan de la mano son invitados a viajar continuamente en el terruño de los Pentacampeones del Mundo, amenazan con disentir entre ellos en la vida diaria de un país en búsqueda constante de una unidad. Desde el deporte no se puede entender la diversidad de criterios y se nos ocurre inconcebible la aceptación y el apoyo de grandes figuras a causa que creíamos superadas en tiempos pasados.

Ejemplos de deportistas a seguir como Cafú, Rivaldo, Lucas Moura y hasta el mismísimo Ronaldinho –todos ellos originariamente de raza negra- apoyan abiertamente una política autoritaria, racista, machista y homófoba como la que intenta instaurar Jair Bolsonaro, adorador de dictaduras que supieron sumir a Brasil en una de sus épocas más oscuras durante 20 largos años, provocan el mayor desconcierto que se podría haber esperado del aporte que la popularidad del fútbol genera a cualquier causa.

Si finalmente Bolsonaro es elegido líder de un país en cuya sociedad el fútbol es el deporte esencial de una marca de identidad registrada a través de tanto esfuerzo y años de luchas en contra de diferencias de razas y clases, deberá comprenderse que de nada sirvió la gran gesta que iniciaron Edson Arantes do Nascimento y compañía en el estadio Rasunda de Solna, aquel 28 de junio de 1958, cuando defendieron con éxito y aprobación un estilo de vida, la Ginga, para 60 años más tarde volver a traicionar su verdadera esencia.

Martín Onti

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