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Martín Onti: Quid pro quo

La expresión latina ‘Quid Pro Quo’, que significa una cosa por otra o algo por algo, delimita las acciones que mayormente se desarrollan alrededor del fútbol contemporáneo. Ya nada –prácticamente nada- se hace por amor al juego dentro de los estamentos del profesionalismo en el que dice reflejarse tanta gente. A no ser el aficionado, el hincha, que siente la camiseta de su club a la antigua usanza, nadie queda exento de aferrarse a dicho término a favor de intereses ventajosos.

Hoy estamos viviendo una etapa del fútbol que está cambiando el concepto de este juego y de lo que le rodea. A manera de círculo vicioso, los hechos se reproducen de tal manera que el hilo conductivo no tiene manera de obedecer a secuencias que puedan ser memorizadas como un patrón de ejecución para obtener un resultado, y, por ende, todo obedece a las nuevas e impredecibles consecuencias.

En tiempos en que, como dice el ensayista francés Roland Barthes, nos venden una profundidad que desconocemos para sentirnos realizados, el fútbol se presenta tan confuso en su desarrollo, que pocos atinan a comprender que fuera del dinero haya otra alternativa para sostenerse cercano a la élite poderosa.

El ‘advenimiento’ de las riquezas impalpables que están degenerando este deporte hacia horizontes insondables, a través de inversiones proveniente de acaudalados señores que tienen dinero por castigo, apenas si nos permite ‘adivinar’ una intención que usa la expansión del fútbol y la alegría de la gente como excusa.

Esto no es ir en contra del desarrollo del juego en la Premier League inglesa, ni tampoco de la hegemonía del PSG en la Ligue 1 francesa a base de emolumentos disparatados, pero, viendo la dirección que está tomando el poderío de los grandes clubes británicos, uno debe analizar que el ‘Quid Pro Quo’ es una alternativa sin salida para conseguir una cosa por otra de la que sólo, y por ahora, sólo el Bayern de Múnich ha podido solventar a medias con su fútbol.

La explosión de una idea en supuesto estado de frustración, ha llevado a quienes no pueden ejercer abiertamente la posibilidad inversionista de los grandes capitales, árabes sobre todo, a pensar en soluciones alternativas imaginando una Superliga Europea que signifique la consecución de ‘un algo’ a cambio de ‘otro algo’ para hacer frente a la preocupante marginalidad económica.

La liga española y el fútbol italiano, haciendo un frente común y tratando de incorporar a menores intérpretes de otrora respetable alcurnia –el fútbol neerlandés, el portugués y la misma Bundesliga germana por decir algo- siguen tratando de encontrar formas permisibles y eficientes dentro de un fondo conveniente y apropiado para no perder la estela de los inalcanzables poderosos de hoy en día.

Martín Onti

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