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Martín Onti: El sicario y las gradas vacías

MADRID, España.- En dirección al camino poco transitado donde habitaba el sicario, se dirigió el enviado del patrón con el condenado a cuesta. ‘A este deberás mantenerlo vivo sin comida y con apenas un mísero poco de agua al día’, fue la orden clara del mensajero que resonó contundente entre las lúgubres paredes de aquel tugurio que servía de morada al justiciero del mal.
 
Con el correr de los días, dos, tres, y más sentenciados, fueron llegando desde la ciudad con el veredicto sellado. Cada uno de ellos con mandatos punitivos de atroces sufrimientos físicos que sólo aliviaba el disparo final del sicario. Las muertes se sucedían una tras otra sin piedad ante los ojos del primer castigado. Fue entonces cuando este, creyó oportuno recordarle al esbirro que a él sólo le estaba prohibida la comida, no el agua y, por ende y sin mencionarlo, la vida.
 
Hoy, el fútbol se asemeja a esta historia de aquel matón que debe obedecer lo dispuesto por su jefe. En un ambiente donde todo depende de que los tiempos de obediencia respeten la inteligencia y la disciplina, Así como la continuidad del juego obliga a entender que beber el agua sirve para la supervivencia del primer condenado, que se mantenga la ilusión de volver a ver gradas con público depende de que hoy la pelota siga girando.
 
Los partidos sin aficionados en las gradas, lejos están de ser el tiro mortal que extermina el juego. La televisión desde los estadios vacíos se equipara al hilo de agua, o de vida, de la que pende el movimiento del balón. Los ejecutados no han tenido la oportunidad que, por derecho y dictamen del patrón, astutamente solicita el primer desahuciado para poder seguir siendo parte de este mundo. El mismo que pretende seguir contemplando al fútbol desde un sitio tan privilegiado.
 
El sicario no tiene otra alternativa que obedecer porque de incumplir las normas pone en juego su propia existencia. En la metáfora futbolística, el mínimo de agua que se ordena dar al cautivo manteniéndole con vida, lleva implícita en la comparación el acatamiento a jugar con las gradas vacías. No hacerlo, significaría entregarle el alma al diablo mucho antes de atravesar la puerta del temido infierno. Y ambas partes lo saben.
 

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