Martín Onti: El juego como un trabajo

MADRID, España.- Mucha gente no puede entender que el fútbol es un juego que se transforma en un trabajo para algunos jóvenes. En principio no se ve que el deporte más popular del planeta es sólo un entretenimiento tratado como un gran negocio del cual participamos a gusto casi todos los que estamos alrededor del mismo y, así, quedamos condenados ante la pasión que desborda el balón.

La vida del futbolista profesional trae aparejados un sin número de sacrificios que encierra compromisos de un número mayor de personas que no aparecen en los papeles primarios. Hay casos que sobran para ejemplificar las penurias y las alegrías dentro del compromiso en que se debate el protagonista principal.

Cuando nos ponemos en el lugar correspondiente para visualizar las temáticas y, por ende, las analizamos, recién nos damos cuenta que finalmente la decisión de jugar pasa por aceptar esto como un trabajo, y al hacerlo, cómo esto fácilmente se puede volver en contra de la vida apacible que la mayoría de las personas cree ver en un futbolista desde afuera.

Es cierto que al ser un entretenimiento universal y el deporte que más atractivo lúdico y mercantil tiene, se transforma en un gatillo cómodo de disparar para el placer de un joven, de cualquier joven amante de este deporte diría yo. Sin embargo, no es hasta integrarse plenamente en el profesionalismo, dejando el ‘amateurismo’ atrás, que la verdad llama a la puerta de cada uno.

En la lógica ansiedad de los inicios todo es color de rosas, las promesas son contagiosas, el presente una bendición, y el futuro la panacea que prometen los oportunistas del caso o el propio círculo de quienes rodean al crack en potencia. Pero, la adultez deportiva llega un día y con ella la realidad, donde el juego se ha vuelto un trabajo, y este un hartazgo.

Dentro de esa jaula, pocos son los beneficiados que salen indemnes del dolor. En ese mundo masificado por profesionales del fútbol, me atrevería a decir que no muchos son los que esquivan exitosamente la desilusión. Hay quienes sufren a pesar de la fama y quienes cohabitan con ella a cambio de bienestares y compromisos ineludibles. Muchos están ‘quemados’ y la elección, si de ellos dependiera, sería la de desaparecer de la noche a la mañana ante el menor descuido de sus carceleros.

Atrapados como están, intentan salvar lo que queda de ellos haciendo lo que mejor saben hacer: jugar al fútbol. A partir de allí esto se concibe como una premisa a la cual se aferran y de la que ya no podrán evadirse en ningún aspecto independiente de sus vidas. 

Andrés Iniesta se ‘atrevió’ al desafío de una foto ‘personalizada’ para el día de Reyes que poco más y le cuesta ser decapitado por los medios. Esa es la prisión en la que un juego se ha transformado a través del trabajo y en la que, por desgracia, viven los involucrados al mundo del fútbol.

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