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Martín Onti: DESCOLOCACIONES TÉCNICAS-TÁCTICAS

MADRID, España.- El fútbol es fácil de entender porque es un deporte, quizás, que al estar impuesto masivamente por su popularidad, se hace de adeptos en cualquier ámbito donde se rápidamente se transforman en entendedores del juego. Es tan lógico encontrar practicantes y aficionados en cualquier pequeño terruño urbanizado de una gran ciudad, como en el descampado más alejado de un pueblito del tercer mundo.
 
La comprensión del juego es lo que nos permite entender quién juega a qué. No se tarda más de un toque de balón para saber si ese jugador sabe lo que hace o se encuentra tan perdido como quien no tiene idea de lo esencial que contemplan las reglas primordiales del fútbol.
 
Por ello el engaño, en cuanto a la práctica de este deporte, se hace obvia al primer toque de pelota. De manera que bajo esta premisa básica y recién a partir de allí, se puede conjeturar sobre estrategias y tácticas que devienen a posteriori como justificaciones para un segundo capítulo que aclara si la técnica básica individual de los futbolistas falla en ciertos partidos o la pizarra se equivoca en el mensaje.
 
La derrota de la España de Luis Enrique en Sevilla a manos de Inglaterra, como de la Alemania de Joachim Löw ante Francia, la Argentina de Lionel Scaloni ante Brasil -o los triunfos de sus vencedores en el sentido opuesto- quedan al descubierto de errores de planteamiento no por las descolocaciones técnicas-tácticas de los jugadores, si no por hechos reales no contemplados en el planteo del compromiso en cuestión.
 
En España, por ejemplo, no se puede acusar a Sergio Ramos, a Sergio Busquets, Thiago, Saúl Ñiguez, Rodrigo y compañía de una mala disposición táctica, a menos que estos no hayan respetado la orden de su técnico. Lo mismo ocurriría con los germanos, de muy buena actuación en la primera parte y desastrosa oferta futbolística en la segunda, ante los galos de Didier Deschamps. Más de lo mismo correspondería argumentar para los argentinos ante los brasileños, o para cualquier otro equipo que haya respetado, o no, las directivas de sus entrenadores.
 
El encargado de dirigir estratégicamente una batalla, un trabajo, una acción determinada o un ‘simple’ encuentro de fútbol, tiene la responsabilidad de cuidar todos los aspectos de un plan para llegar a un objetivo. Si la consecución del mismo no obtiene los resultados buscados, esperados o ansiados, la entera culpabilidad cae sobre sus espaldas. De esto no deberían quedar dudas porque justificar yerros personales con interpretaciones de culpas ajenas no corresponde, menos aún contra profesionales con tanta experiencia a través de años recibiendo directivas de juego.

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