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Martín Onti: Deportes frente al televisor

MADRID, España.- Todo ha cambiado invariablemente, ya nada puede ser juzgado ni desafectado del contexto en el que vivimos. Los costos que reflejan los métodos usados para revindicar un deporte, amenazan con ser moneda diaria de cambio por un mísero punto más de ‘rating’. Cada simple mensaje parece tener un valor importante para la supervivencia en los primeros planos de exposición, porque de ello depende el negocio que sustenta la hoy llamada supervivencia pandémica.
 
Es una realidad que detrás de la televisión se alinean objetivos que puede que ahora duren en ese plano mucho tiempo, nadie lo sabe. Tener en cuenta las nuevas tácticas para medir la popularidad de un deporte irá en paralelo al interés que las trasmisiones televisivas despierten en los aficionados y, quizás, allí radique el secreto del éxito que se persigue.
 
Podríamos darle al Fútbol esa autoridad de volar en solitario para el logro de tal propósito. La consideración que se tiene sobre el juego más popular del planeta, en este aspecto, no necesita ser demostrado en comparación con otros. Por ello es que se nos ocurre que el uso de alternativas, bien podría ser una opción para equilibrar diferencias de aceptación masiva cuando se trata de otros deportes menos afamados.
 
Cuando hablamos de promover estados seductivos para llegar a un público ávido de esparcimiento, lo hacemos desde una óptica sana. La promoción de un deporte se la gana el interés que estas situaciones propongan para despertar al aficionado-televidente a esta nueva realidad. Sin embargo, no todos los métodos pueden ser comprensiblemente aceptables. 
 
Están aquellas propuestas que despiertan predilección por unos y apatía por otros. El Rugby, por ejemplo, se gana un lugar entre los primeros y también el Baloncesto, el Motociclismo y el Golf en un plano igualitario de interés desde la comodidad de un sillón. Los hay más agresivos, como el Boxeo y las Artes Marciales que aún así siguen teniendo su audiencia acostumbrada, e igualmente respetada, porque aún conservan la relatividad de la competencia.
 
Sin embargo, un deporte que pudo haber tenido su lugar entre los primeros, hoy se apunta cada vez más a estar entre los segundos. La Fórmula 1, al menos en un concepto personal, ha ido perdiendo esa particular postura de atracción y afecto popular que solía ostentar en tiempos pasados.
 
Al margen de la abulia que por adelantado nos entrega al saber que Mercedes Benz, ya sea con Lewis Hamilton o con Valtteri Bottas, será el ganador final de una carrera, la F1 ahora nos brinda un show de insultos radiales descalificatorios con tintes discriminatorios ante la ausencia de un merecido castigo hacia sus pregoneros. Es entonces cuando sólo una advertencia es considerada suficiente, seguramente para repetirla en el próximo exacerbo.
 
Martín Onti

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