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Martín Onti: Las reflexiones de Ángel di María

Ángel Di María, actual futbolista argentino del Paris Saint-Germain, acaba de publicar a suerte de reflexión, una carta de lectura obligatoria. Y no es que se imponga que deba ser de ‘lectura obligatoria’, sino que se sugiere que así sea. No podría apoyar de mejor forma tamaña invitación a que cada uno de nosotros la repase cada día para comprender el alcance de los sentimientos del ser humano, independientemente del espacio desde el que se genere.
 
Ángel Di María habla en esa entrega epistolar muy personal, del sufrimiento a que un jugador de fútbol profesional está expuesto. De la falta de días de ocio; de la falta de tiempo disfrutando con la familia; de las exigencias que este deporte demanda de ellos; de lo arduo que es crecer queriendo ser futbolista; de lo fatídico que es entrenar con climas y lugares casi inhóspitos; de las dificultades de movilidad e inconvenientes para ir a entrenar puntualmente; del sacrificio de no poder estudiar; de no cumplir con sus relaciones sentimentales y amistosas; y de la tremenda e insostenible ansiedad que se vive camino al éxito.
 
Ángel Di María -y todo aquel que secunda su apología al padecimiento desmesurado y ruin- parece no tener en cuenta que en ocasiones el silencio es el camino más corto para evitar el ridículo. Cuando la fama, el dinero, el endiosamiento y la falta de sensatez razonable con el prójimo son tu compañero de viaje, la sensación de lástima y melancolía se confunden con la insensibilidad humana.
 
Ángel Di María -como tantos otros en una situación similar- debería haber comprendido antes de esa confesión tan particular, que las perspectivas suelen tener puntos de vista diametralmente opuestos entre la gente; que a su postulado lo leerán muchas personas que apenas pueden tener para comer; que un significativo porcentaje del planeta hace muchísimos más esfuerzos que él para no llegar a fin de mes con lo que gana; que, en comparación, el sacrificio de esas personas es mayor para una ínfima recompensa económica por una mayor entrega de tiempo, dedicación y renunciamientos.
 
Ángel Di María, debería haber entendido que la vida le ha sonreído desde que empezó a jugar a este deporte en su Rosario natal; que al igual que quienes apoyan su postura viven en un paraíso terrenal; que si a cualquiera de ellos se les podría extrapolar a ser un obrero cualquiera cumpliendo sus obligaciones diarias, se largarían a llorar inconsolablemente; que él vive de y en lo lúdico, cuando el amplio resto del mundo lo hace en la realidad incomparable; y que, fundamentalmente, la vida no se trata solamente de fútbol… ni por asomo.

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