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 Jugadores del Barcelona celebran con el trofeo de la Supercopa hoy, martes 11 de agosto de 2015, después del partido entre Barcelona y Sevilla por la Supercopa de la UEFA, en el estadio del Dinamo de Tiflis (Georgia). EFE

Lo rescatable de la imperfección

MADRID, España.- Estaremos de acuerdo en que la relatividad que envuelve al fútbol es esencial para quien intente comprender este deporte; que a veces uno más uno puede no ser igual a dos en la realidad de los hechos; que nunca el mejor gana por decreto; y menos que la perfección es condicionante para disfrutar de la seguridad de obtener un buen resultado. En términos generales, esto puede considerarse una síntesis de lo que nos ofrecieron en el Dinamo Arena de Tiflis, Georgia, el FC Barcelona y el Sevilla FC.
 
¡Bendito fútbol! puede uno decir desde la imparcialidad, desde la poltrona que no es identificable con una divisa sino con el juego, para expresar que lo que nos dejaron andaluces y catalanes en la noche georgiana fue un espectáculo de intensidades tan disímiles como las actitudes de uno y otro entrenador.
 
La transmisión de intenciones, sobre todo en una final de este calibre, pasa axialmente por el mensaje que se recibe en el vestuario y la seguridad que ese testigo ha sido entregado con certeza a sus hombres. 
 
Tanto Unai Emery como Luis Enrique Martínez entendieron que así había sido desde el inicio del encuentro, pero, no contaron con que no hay absolutismo en el fútbol que pueda gobernar a los futbolistas, menos aún si los díscolos comportamientos de éstos terminan respondiendo al desgano a que conduce la soberbia, o al pundonor que aflora para poner a otros cercanos a la gloria.
 
Vimos en el triunfo agónico del Barça ante el Sevilla, un partido que fue distinto a lo que exige una final de la Supercopa de Europa. Mientras casi nadie esperaba un comienzo como tal, con los andaluces marcando tan temprano, unos pocos presagiaban una continuidad como la que propuso el conjunto azulgrana hasta ponerse en clara superioridad numérica, otros, una minoría esperanzada, se aferraba a la épica remontada que nos ciñó a nuestros asientos esperando el final real de una película que hemos visto pocas otras veces, y sólo en ficción un cierre anunciado desde que se veía a Pedrito calentar al costado del terreno de juego para ingresar en el nuevo Campeón de la Europa toda. 
 
Habrá poco para desterrar en Andalucía, otra que la falta de concreción de algunas oportunidades perdidas para seguir edificando su ascendente historia deportiva y, por el contrario, mucho para juzgar y mejorar ahora en Cataluña, donde con cuantiosos errores de planteamiento y ejecución dejan a la imperfección como máximo estandarte de lo rescatable en la obtención de un nuevo y angustioso trofeo obtenido.
 
Es verdad que se continúa andando hacia el Sextete, pero, ya no con la seguridad de que la gesta sea posible si de la mano van campantes la suficiencia, la soberbia, y la desidia que aún no alberga la humanidad de un tal Pedro Rodríguez.
 

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