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Martín Onti: Tres chivos expiatorios

BARCELONA, España. - Este pasado domingo en Londres, la capital de Inglaterra, allí, en el estadio de Wembley donde se disputó la final de la Eurocopa 2020, ha vuelto a comenzar todo. Cuando creíamos que la comprensión que se imaginaba en el mundo y los innumerables esfuerzos de una parte de la humanidad no caían en saco roto, volvió a aparecer la grieta que, quizás, jamás se cierre.
 
Sobre el césped del célebre y épico estadio londinense, la Italia de Roberto Mancini le quitaba a la Inglaterra de Gareth Southgate no sólo la posibilidad de ser el campeón de Europa, sino que, además, lo sumía en una tristeza que no conduce más que a la impotencia.
Recapitulando, uno juega con el destino imaginario a manera de deseo y de haber rogado que el juego se hubiese terminado en tiempo regular de juego y no en la tanda de los penaltis, incluso sin modificar el resultado que le dio el título a la Nazionale italiana. Porque esto nos lleva a encontrar culpables de un presente que no tiene otro origen que el pasado, el eterno pasado al que el mundo parece no poder escapar.
 
No intento hacer de Gareth Southgate, en su persona, el centro de un problema que no es absolutamente inglés. Los acontecimientos se desarrollaron de una manera que nos podrían llevar a juzgar que las coincidencias fueron el producto del accionar del técnico de la subcampeona de Europa, pero no ha sido así. La decisión del técnico de Inglaterra no es más que eso, una coincidencia que lleva a la impotencia o, al menos, a entender el origen de los hechos.
 
Cuando el encargado de tomar decisiones lo hace desde su esencia, la que debe ser juzgada es esta y no sus procederes. Southgate sólo hizo lo que sabe, puso en práctica lo que le fue trasmitido por una forma de entender el fútbol. No se puede rebobinar la película y cambiar la cinta. Los hechos están marcados y las reacciones no sufrirán ya modificaciones.
Cuando desde el inicio de la Euro 2020 criticábamos al entrenador británico por mantener un once casi pétreo de principio a fin de cada partido, estábamos señalando que utilizar siempre los mismos futbolistas podría resultar negativo para Inglaterra teniendo en cuenta muchos factores que hacen al juego. El climático, el físico, el futbolístico y, sobre todo, el anímico, por sobre otros de menor incidencia.
 
Y viene a ser que ese hecho, insignificante a criterio de mucha gente, fue la bala que se disparó en el pié del flemático Gareth, o debiera decir de la flemática Inglaterra. Tres jugadores suplentes, a la postre convertidos en tres chivos expiatorios, fueron la gota que rebalsó un vaso que en el mundo, no sólo en el Reino Unido, vive a punto de derramarse.
 
Marcus Rashford, Jadon Sancho y Bukayo Saka ingresaron de recambio en el equipo de Gareth Southgate cuando el encuentro ya estaba en tiempo de ‘vale cualquier cosa’, en esos minutos de resaca en que sólo se cree en la fortuna y en los milagros para aclimatarse a un partido casi sin entrar en contacto con el balón. El todo siempre tiene que ver con todo.
 

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