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Salida de los juzgados de plaza de Castilla, en Madrid, de algunos de los 21 detenidos tras la reyerta del pasado domingo entre aficionados radicales del Atlético de Madrid y del Deportivo de La Coruña, en la que murió hincha deportivista de 43 años. EFE
MADRID, España. - Tan gracioso y esperpéntico como resulta el caso de Francisco Nicolás Gómez Iglesias, un joven de apenas 20 años de edad, que no sólo asegura que ha mantenido relaciones de alto nivel con ministerios y organismos del Gobierno español, sino que amenaza con contar hasta dónde llegaban esas relaciones que ahora se niegan rotundamente desde la mismísima Moncloa, aunque poco puedan hacer para negar lo que ciertas pruebas arrojan como verdaderas resultan las medidas tomadas por el Atlético de Madrid y el Deportivo de la Coruña.
 
De claro corte risueño e incomprensible se viste la decisión de tales directivas tras la ‘Macroquedada’ del domingo pasado que terminó con la muerte de Francisco Javier Romero Taboada, alias Jimmy. Una y otra institución parecen quedar satisfechas con las mínimas sanciones impuestas a integrantes de sus barras bravas, los del Frente Atlético por parte de los madrileños y de los Riazor Blues por parte de los de Galicia.
 
Si de esto se trata el ejemplo de un castigo para situaciones beligerantes de neto corte barbárico, límites en la expresión de actos de violencia en los que la muerte ha sido esta vez la sinrazón de lo que debió ser un día de fiesta futbolística, no quiero imaginarme hasta dónde se podría haber sido más permisivo si no hubiese existido el fallecimiento de Jimmy.
 
De tal manera, y con las reprimendas insuficientes del caso por parte de las dos entidades relacionadas a la batalla campal organizada con antelación, de la que mucha gente estaba sobre aviso sucedería, nos encontramos con que las medidas adoptadas no tienen la dimensión que el caso exigía a voces. Por lo tanto, más que un corte radical al problema de la violencia en el deporte, esto no sirve más que como una mera burla a quienes pretendemos mayor seguridad del espectáculo que es el fútbol.
 
De qué se puede sorprender uno cuando la conveniencia disfrazada de inoperancia se deja arrastrar por los beneficios de las índoles que sean, cuando en el caso del ‘Pequeño Nicolás’ fue, en el fondo, el poder de la política, y en el caso de la violencia permisiva de la bataola de Madrid haya sido el fútbol… con permiso de la misma política.
 
 

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