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Martín Onti: Una renuncia indeclinable

MADRID, España.- Las últimas declaraciones de Luis Enrique Martínez podrían ser entendidas como una comprensible reacción a la inmensa presión que ha venido soportando estas últimas semanas en el banquillo del Barcelona. Sus palabras repletas de controlada agresividad deberían ser vistas como un bálsamo al exteriorizarlas en rueda de prensa, donde se despachó de manera directa e indirecta contra todo el estamento periodístico que le ha acosado por perder lo que parecería imposible hace sólo un par de semanas atrás.
 
El: "Si no te gusta, o no les gusta mi estilo, me importa un bledo… por decirlo de una manera educada", resume y denota una seria preocupación en el técnico asturiano, amén de una pérdida de control sobre una situación que le deja más que nunca en una desmejorada posición en el vestuario azulgrana y en evidencia ante los medios y el mundo del fútbol en general.
 
Luis Enrique no tiene argumentos que le defiendan de unas estadísticas más que fatales; su equipo, en posición de ganarlo todo nuevamente esta temporada, está en situación de no ganar nada. Ha quedado eliminado de la máxima competencia europea, y la ventaja que atesoraba en la Liga de España se le ha esfumado como un puñado de arena entre los dedos entregado ahora a la dádiva de los resultados finales para coronarse campeón.
 
Al estratega asturiano se le deben achacar todas las culpas de lo que sucede en el Barcelona. Nadie es más culpable que él, y bien que lo sabe, de allí que su altiva reacción y su frustración ante los hechos le desnuden ante el planeta futbolístico que centra su incredulidad y sorpresa en este paupérrimo momento actual del conjunto catalán.
 
Como estratega ha fallado en la gestión de los atributos de la plantilla culé; no ha sabido administrar un grupo de jugadores que necesitaban repartir esfuerzos a lo largo de la temporada; no ha podido imponer la autoridad necesaria para dirigir un equipo, ni técnicamente, ni físicamente, ni menos psicológicamente.
 
El entrenador asturiano ha ido perdiendo el poco respeto que Messi y compañía se juraron proclamarle desde aquel otro Anoeta, el de la campaña anterior, cuando se conjuraron obtener cada título posible sin que Luis Enrique fuese un impedimento para ello. Luego la gloria disfrazó este presente que sólo aliviaría un doblete… y hasta allí nomás.
 

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