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Sergi Enrich, de Eibar. Foto: EFE

Martín Onti: Sexo y fútbol sin rock&roll

MADRID, España.- Partamos de la base que los deportistas de elite, los profesionales del balón en este caso, no son chicos comunes. La gran mayoría de ellos no ha tenido la adolescencia de un muchacho común de la calle, de un estudiante, de un hijo de cualquier vecino con derecho a disfrutar de sus momentos juveniles alrededor de amigos y con licencia para equivocarse en esa edad que contempla el error, el arrepentimiento, la recapacitación, y a la cura de actos consentidos cuando se vive alrededor de los 20 años.
 
En esa época trascendental de ‘tontuelos’, la calle ocupa un lugar muy significativo en la vida de los jóvenes. Allí se aprenden muchos códigos que una vez incorporados se van absorbiendo en la personalidad de aquellos. La reunión con la ‘pandilla’, las salidas con las chicas y el rock&roll, vienen a ser junto al deporte herramientas de capital importancia para la formación de los, más tarde, hombres de nuestra sociedad.
 
 
 
Pues bien, los futbolistas que triunfan, que llegan a niveles de la alta competición y se sienten realizados en este aspecto, no han tenido la suerte, si se la puede llamar tal, de experimentar la vida de una persona normal en tales términos, entendiendo a éstos como los que deben ser respetados tajantemente si se pretende llegar al éxito profesional en una carrera deportiva.
 
Lo que ha ocurrido estos últimos días en nuestro país con los jugadores del Eibar, Sergi Enrich y Antonio Luna, teniendo relaciones sexuales con una chica, podría ser tomado como ejemplo de uno de los más recientes casos en el mundo del fútbol y apostillado por el rugby cuando el medio scrum de los All Blacks de Nueva Zelanda, Aaron Smith, fue encontrado en las mismas condiciones en el aseo de un aeropuerto y sancionado de inmediato por la federación de su país.
 
 
La relación vincular que delimita estas responsabilidades -entre el castigo a la lógica del placer y el cumplimiento al deber del deportista- tiene su origen en el impedimento que demuestran quienes entregan esa loca juventud al cultivo de su profesión deportiva y la intolerancia humana que sanciona la cruda realidad incomprendida.
 
No encuentro, en el acto sexual con consentimiento mutuo sin daños colaterales, que de eso se trata, la razón para incriminar dicha relación como un delito. A quien no pudo tener rock&roll en su adolescencia, y todo lo que ello implicó por ese entonces, no se le puede achacar con culpas ejecutadas con los ojos inquisidores de un ya muy lejano pasado.
 

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