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Martín Onti: "La Verdadera Preocupación"

MADRID, España.- ‘Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien’… Una vez más, un Fondo Sur de un estadio era novedad para aquellos que asisten a un partido de fútbol y quedan impávidos de incredulidad ante el cántico de unos seguidores que vuelven a cruzar la tremenda y gruesa línea entre lo aceptable y lo repugnante de una reacción en masa, amparados en el cobijo de la cobardía que un grupo otorga a sus componentes.

En ocasión de un encuentro de la segunda división española entre el descendido Real Betis andaluz y el Girona catalán, la parcialidad verdiblanca de la institución que preside Juan Carlos Ollero coreaba el cambio del jugador Rubén Castro al son de un estribillo tan degradante como la actitud que el delantero canario ha tenido en varias ocasiones para con Laura, su ex mujer, a lo largo de una amorosa relación sentimental que le han valido a ella los magullones que ostentaba con cierto orgullo, porque… su marido es un hombre fuerte.

Es cierto que el mandamás bético ha rechazado los actos de indisciplina que Castro ha tenido para con su, aparentemente, ex amada, sin embargo, a Ollero se le ha olvidado que estas agresiones no se han llevado a cabo en una sola ocasión, sino en varias que se suman a la indignación que el mundo del fútbol en general siente por estos hechos.

Hasta aquí lo irreparable de lo ya ocurrido, de unos hechos que debieron ser sancionados con la correspondiente penalización y que nadie se preocupó de respetar en su momento. Acciones que siguen arrastrando vergüenza a día de hoy, porque la falta de toma de medidas de los responsables muestra de alguna manera el canibalismo mental de una parte de la sociedad que alienta al todavía futbolista del Betis en su conducta sentimental.

Sin embargo, el verdadero terror de esta historia, por lo visto, no es la agresión persistente de Rubén Castro a una mujer, sino todo el mutismo que parece rodear el accionar de un protagonista al que se le alienta a comportarse de una manera tan patética como la de quienes están encargados de ejercer un sano juicio, y que, en teoría, se asemejan más a agresores que agredidos, como Laura, que justifica los golpes que Castro le propina, algo que en ciertas etnias parecería ser una regla universal a respetar sea quien sea.

Difícil de creer que en pleno siglo XXI sucedan actos agresivos como el mencionado sin tomar serias medidas y correctores tratamientos para el agresor, pero, más increíble aún es la permisividad con que los estamentos de nuestra sociedad se comportan.

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