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Martín Onti y su opinión sobre Iker Casillas

Martín Onti: Discusiones al margen

MADRID, España.- Hace más de un año ya… y no es una parte de estrofa de una canción de Joan Manuel Serrat, opinábamos con un amigo sobre la situación que atraviesa Iker Casillas en el Real Madrid. Mi amigo, un fanático blanco con soplos de realidad que le dicta su profesión más que su corazón, comenzaba a dudar por entonces de que el ciclo de mayores y mejores respuestas del portero blanco estuviese llegando al irremediable final de su carrera deportiva.

Ya José Mourinho había sentenciado, en la languidez de su estadía en el Real Madrid, que Casillas ya no volvería a ser el mismo de siempre, y a la corta uno se daba cuenta de las verdades del técnico luso a la sazón de lo que el capitán merengue iba dejando al descubierto sobre el terreno de juego.

Cuando un portero de excelso recorrido, como Iker Casillas, ha iniciado el descenso en su vuelo, ya entrado en la treintena de su vida y a sabiendas que las aptitudes que lo mantuvieron en la cresta de la ola futbolística fueron los reflejos de la pasajera juventud de los veinte años, éste, debe comprender que la hora de la partida hacia el dulce descanso de la retirada es cuestión de inteligencia, no de tozudez.

 

Vuelta al run-run de las discusiones de que Casillas sí, o que Casillas no, la disyuntiva no debiera pasar más allá del imparcial análisis de las cualidades técnicas, y también físicas, de un futbolista que debiera comprender a esta altura de su carrera, que no de su aún joven y provechosa vida, que las etapas están allí para ser cumplidas y no ciegamente negadas.

Si uno pudiese observar hoy todas las actuaciones de Casillas, desde su aparición en el primer equipo de la casa blanca hasta el último encuentro ante el Valencia de Nuno Espirito Santo, sin acudir a las extrañas fragilidades de la memoria, la realidad quedaría de la mano de nuestra parte y la búsqueda de la felicidad de Iker Casillas sólo quedaría a distancia de un simple palmo de la razón que él mismo comprendería.

Sin embargo, por esas cosas que el egoísmo del ser humano encierra en cada uno de nosotros, deberemos aprestarnos a observar imperturbables el penoso y triste final de alguien que no merece aniquilar su imagen de la manera en que lo está haciendo.

Tiempo al tiempo, dijimos en aquella conversación con mi amigo, y el almanaque, inexorablemente, vuelve a demostrar el fundamento de lo inevitable.

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