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Nairobi, 15 nov (EFE).- Mientras aprenden a regatear, lanzar un penalti o hacer una 'chilena', las jóvenes de la Academia de Fútbol en Kibera, el barrio chabolista más grande de Nairobi, se mantienen alejadas de un destino que comparten muchas de sus compatriotas: el embarazo y matrimonio prematuro.

La Academia de Fútbol para Chicas de Kibera (KGSA, en sus siglas en inglés) educa desde 2002 a cerca de cien chicas de estas chabolas y con dificultades económicas, en un intento de favorecer el empoderamiento femenino en Kenia.

El fútbol en Kibera es mucho más que un juego. La KGSA se convierte en una oportunidad para que las jóvenes de 12 a 18 años, que dan clase por la mañana y juegan por la tarde, aprendan la importancia de la disciplina, el diálogo y el trabajo en equipo.

"Cuando una niña practica fútbol, está ocupada con el entrenamiento, no tiene ocasión de quedarse embarazada o cosas peores", explica a Efe Richard Teka, coordinador de la KGSA.

KGSA lucha así contra las "extremas desigualdades de género" que afrontan estas jóvenes en Kibera, empoderándolas y dándoles herramientas para "lograr el respeto de los hombres".

"Muchos hombres desprecian a las mujeres. A los hombres les encanta el fútbol, y si ven a una chica jugando a este deporte, se ganan su respeto", afirma.

En los campos de tierra que alquila esta organización, muchas de estas chicas encuentran su oportunidad en el fútbol, dedicándose a ser entrenadoras o viajando alrededor del mundo como representantes de las ligas africanas.

Este proyecto comenzó hace doce años de la mano de Abdul Kassim, que fue criado en Kibera por su abuela y su madre adolescente. En ese momento, no había en Kenia muchos equipos femeninos, por lo que las jóvenes de la escuela tenían que jugar contra otros chicos de la capital keniana.

Pero muchas de ellas continuaban quedándose prematuramente embarazadas y casándose para mantener a los hijos, sin avanzar a torneos superiores o llegar a la universidad.

Según asegura Teka, esto sucedía porque, en general, los padres de estas jóvenes de los barrios chabolistas no podían pagar el instituto después de la educación primaria.

Además, explica, muchos progenitores entregan a sus hijas a hombres del barrio, para prostituirlas o para casarlas, a causa de la necesidad. Para evitarlo, la escuela les ofrece al menos una comida al día.

En palabras de Teka, el fútbol puede darles seguridad y respeto entre los hombres, aunque ellas también tienen que encontrar su lugar en el mundo, un trabajo y sacar adelante a su familia. "Para eso necesitan educación", apunta.

Aunque llevan jerséis rotos, con agujeros y la sisa descosida, y zapatos sin cordones, se muestran contentas y entusiasmadas, ya que "al menos recibimos educación", señala a Efe una alumna.

Las chicas son tanto musulmanas como cristianas, por lo que lo único que las diferencia son los ligeros pañuelos negros que cubren las cabezas de unas y las rodillas desnudas debajo de las faldas de otras, lo que no les impide jugar al fútbol o al voleibol.

Así, en el patio de la escuela, el balón rebota en los tejados de chapa y las paredes de albero típicas de las casas de Kibera, en partidos en los que también participan los profesores y que terminan al anochecer.

Esta asociación se mantiene a flote gracias a donaciones privadas, ya que no reciben ningún tipo de subvención del Gobierno keniano, lamenta Teka.

De hecho, este mes muchos profesores no han recibido salario y están a la espera de una nueva donación que mantenga la escuela.

Entre las alumnas de la KGSA está Immaculate Wanders, de 17 años, hija de madre soltera (como cerca del 10 por ciento de sus compañeras) y con cuatro hermanos en casa.

A Wanders le gusta el fútbol, pero sobre todo quiere ser periodista. Por eso, cuenta emocionada, la escuela le permitirá, si pasa los exámenes, entrar a la universidad.

Además del fútbol y las clases, las jóvenes se organizan en talleres a los que acuden profesionales para ofrecer su experiencia.

Según afirma Teka, educar a las mujeres no sólo repercute en la vida de éstas, sino también en la comunidad.

"Las mujeres son menos egoístas, comparten lo que tienen, y además son las que al final sacan adelante a la familia, mientras que el hombre, si no tiene trabajo, se queda bebiendo alcohol en un bar", afirma.

 

Por Alicia Alamillos

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