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Rafael Varane, de Francia. EFE

Martín Onti: Castigo a la valentía

Ante todo, indudablemente, Francia ganó porque fue mejor que Bélgica en la primera semifinal de Rusia 2108. No se puede entrar en el campo de la necedad aduciendo que el equipo de Roberto Martínez, sólo por tener a Eden Hazard en su plantilla, podía exigir el derecho a la victoria.  
 
Sin embargo, desde que los belgas optaron por renunciar a la mediocridad de un compromiso crucial ante los ingleses, en la etapa de grupos, e ir a ganar el partido sin importarle la dificultad de la zona que le tocaba en suerte con la victoria, supimos que estábamos ante un grupo humano de una fortaleza mental encomiable y merecedora de nuestro reconocimiento a todo nivel.
 
En San Petersburgo, y por un lugar en la final de esta emocionante e imprevisible Copa del Mundo, Francia demostró que todavía está, futbolísticamente hablando, un poco por encima de esta Bélgica en pañales por falta de esa ‘calle’ que rompe la igualdad de situaciones límites.
 
Si tenemos que usar a fondo el análisis de lo sucedido, deberíamos entender que al margen del planteo de juego en sí, los tiempos del encuentro estuvieron marcados por la experiencia en este tipo de compromisos y en este tipo de eventos. Didier Deschamps supo trasmitir a sus hombres esa disparidad de actitudes que le otorga a los galos la posibilidad de conquistar su segunda corona ecuménica en Moscú el venidero domingo.
 
Desde la gestión de juego, Bélgica volvió a depender de su capitán, Hazard, quien asumió, sobre todo en la primera parte, un liderato que tuvo una continuidad contrarrestada por la excelente oposición francesa que nacía del banquillo de ‘Les Blues’, donde Deschamps cambiaba de manera brillante rumbos de juego en la medida que Martínez inteligentemente ordenaba los suyos.
 
Posiblemente en el mejor partido del torneo a nivel estratégico-táctico –y entre los dos mejores equipos en mi opinión personal- Francia manejó las fronteras necesarias del juego de manera perfecta y aprovechó la oportunidad que tuvo, a balón parado, para desnivelar un cotejo que se nos ocurría imposible de transgredir a no ser que fuese gracias a esta instancia. 
 
Romper los esquemas en la memoria de las propuestas sólo contemplaba algo que fuese vulnerable desde el movimiento inesperado, y eso fue lo que hizo Samuel Umtiti justamente para anticiparse a la defensa de los ‘Diablos Rojos’ y vencer de un cabezazo sorpresivo a un tan sobrio como deslumbrante Thibaut Courtois.
 
Francia pasa a la final por merecimientos propios desplegando un planteo de una inteligencia superior que acompañó a su muy buena propuesta futbolística. Bélgica, en la pena dolorosa de esta derrota, entra en una historia de distintos valores éticos, de decisiones valerosas y alejadas de la cobardía que la mediocridad se cobra con un alto precio moral al que los hombres de Bob Martínez no se someten.
 

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