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Martín Onti: Ángel Di María

Sólo esto faltaba, que alguien, aunque tangencialmente, culpe a Ángel Di María de la derrota de Argentina ante Francia y consecuente eliminación de la Copa del Mundo por tocar mal ese balón que podría haber significado el empate agónico.

Sólo eso faltaba, achacarle al cúmulo de errores que viene archivando la selección de Jorge Sampaoli en este proceso. Sólo eso faltaba, que esa misma “cantaleta” sirva para lanzarle dardos envenenados a Lionel Messi, a Mascherano, al Kun Agüero, al Pipa Higuaín y a todos los amigos del ‘10’ por algo que ya tenía fecha de caducidad desde las eliminatorias sudamericanas para arribar a Rusia 2018.

Salir en octavos de final sólo ha sido para Argentina un regalo del destino, una bendición que compró la valerosa actuación de esos mismos “amigos de Messi”, esos mismos que tanto castigo han recibido, reciben y recibirán desde los medios por un buen tiempo en Argentina. 

Quienes disfrazan sus “rocosos” comentarios de melosas excusas para encubrir una culpa general, mienten a la gente, al prójimo, y a ellos mismos, aunque estén acostumbrados a esto último porque de eso viven.

Argentina perdió antes de competir en este Mundial. Perdió, eso sí, desde la incapacidad futbolística, es cierto, no desde el espíritu inconmensurable de sus hombres –para llamarle de alguna manera-. En eso no se puede criticar a quienes son seres humanos en situación límite, porque en esas condiciones de vida o muerte, uno siempre elige la vida por alternativa irracional.

Esto es, a modo de moraleja, lo que el partido ante los franceses dejó de análisis para los de Messi, de Sampaoli, del Chiqui Tapia, de Daniel Angelici y hasta de Mauricio Macri.

No crean que este artículo es un descargo político, de ninguna manera pretendo cometer el mismo error que he visto, 24 horas más tarde, cometer a casi todos los que tienen que ver directamente con el crecimiento del fútbol en Argentina. Aquellos que buscan en las recónditas esquinas de sus libretos los mejores destinatarios de las culpas, vuelven a cargar contra todo lo que se mueva fuera de su círculo de confort sin hacerse responsables de la propia.

Así, en síntesis, es ese país. Blanco o negro, rico o pobre, capitalino o provinciano, influyente o tristemente nada; y así, esos maestros en el doble discurso, que jamás perderán esa esencia regada con mezcla de tinta y palabra, seguirán torpedeando amparados en sus atalayas para desgracia del fútbol argentino. 

El escenario volverá a repetirse cada día como un eterno Déjà vu. Ayer, hoy y mañana será lo mismo. El lema: “Siempre será más fácil echar a un técnico que a los 11 jugadores” viene como anillo al dedo a quienes continuarán degollando a otros en lugar de copiar a los japoneses en el último acto de dignidad humana y hacerse cargo de los propios horrores.

Martín Onti 

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